“UN CORAZÓN PURO”

Hoy, amado Padre, queremos reflexionar sobre el corazón puro. Debe tratarse de un corazón que te pertenezca sin reservas, que ya no busque su realización personal, sino solo estar contigo y servirte. Un corazón como el de la Santísima Virgen María, un corazón que es feliz en lo más profundo porque ha encontrado su hogar. Ya no busca nada para sí mismo ni se deja seducir por las cosas de este mundo, por falsas esperanzas e ilusiones. Es un corazón en el que Tú habitas y has puesto tu tienda. ¡Un corazón así es infinitamente valioso a tus ojos y nunca lo abandonarás!

Desde un corazón puro, tu amor puede fluir cual torrente de vida hacia este mundo, en busca de otros corazones que también han de convertirse en morada de tu gloria. Un corazón así siempre dará testimonio de ti, «porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Lc 6,45).

Pero, amado Padre, ¿cómo podemos obtener un corazón puro? Hemos de invitar al Espíritu Santo. Que irradie su luz en lo más profundo de nosotros, que escudriñe minuciosamente y toque lo que aún es oscuro, lo que aún esté movido por intereses personales y no busque únicamente la gloria del Señor. ¡Que Él nos lo muestre y nos atraiga para que todas las sombras de nuestro interior se abran a su luz!

Puesto que el Espíritu Santo es el mejor maestro, en quien podemos confiar plenamente, no pasará por alto nada que necesite ser purificado, pero nos lo hará ver de tal manera que podamos seguir sus mociones, porque nadie conoce nuestra alma mejor que Él.

Nuestro Amigo divino dejará su huella en nosotros, de manera que percibamos cada vez más sutilmente lo que no corresponde al amor divino y en qué aspectos aún no hemos despertado totalmente al verdadero amor. En la medida en que prestemos atención a sus indicaciones, nuestro corazón se volverá cada vez más puro.

Ya no podremos tolerar ningún tipo de impureza en nosotros e imploraremos de rodillas un corazón puro. ¡Entonces nos habremos puesto en camino hacia la transformación de nuestro corazón!