Amado Padre, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón en un jardín de gratitud, desde el cual la alegría en ti fluya hacia todas las personas? ¡Qué luz podría irradiar en este mundo, en el que tantas personas desconocen la verdadera alegría y buscan su felicidad en cosas pasajeras! Además, sería un arma potente contra aquellos poderíos que quieren oscurecer nuestras vidas. ¡Les arrebataríamos, por así decirlo, las armas con las que tanto se complacen en atormentar a las personas! Difícilmente podrán atacar a un corazón agradecido en el que habita la alegría que viene de ti.
En realidad, no debería ser tan difícil obtener un corazón así, porque solo entonces latiría conforme a la verdad de nuestra existencia. Por tanto, solo necesitamos despertar a esta realidad, pues, en efecto, la razón de nuestra existencia no es otra que tu amor.
Si penetramos hasta el motivo más profundo, lo descubriremos: «¡Existo porque Tú lo has querido!» «Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieras, te tenía consagrado» (Jer 1,5). Aunque estas palabras fueron dirigidas al profeta Jeremías, se extienden a cada uno de nosotros. Estamos destinados a la vida eterna, donde reside la alegría en plenitud.
Entonces comprendemos que todavía estamos en camino hacia esa meta. Pero, gracias a la fe, la vida eterna se anticipa ya en nosotros, y la gratitud por haber sido llamados a tan noble meta nos dará la fuerza para recorrer el camino estrecho que conduce a ella. Una vez que despertemos a esta realidad —y, si nos cuesta, podemos pedirle al Señor que nos ayude—, reconoceremos tu cuidado para guiarnos día a día hacia esta meta. Entonces, todos tus designios y permisiones se nos revelarán como expresión de tu sabia Providencia para conducir a tu amada alma a salvo hasta su patria eterna. Día tras día te daremos gracias y nuestra vida se volverá radiante, ¡y esta gratitud nunca cesará!
