“UN CONSEJO DE SAN PABLO”  

«[Sed] alegres en la esperanza y pacientes en la tribulación» (Rom 12,12).

El apóstol san Pablo dirige esta exhortación a la comunidad cristiana de Roma para fortalecerla en el Espíritu del Señor. Siempre hay que mantener viva la llama de la esperanza. Sin embargo, no debe ser confundida con un optimismo humano, que es efímero, sino que es una de las tres virtudes teologales que nos unen profundamente a nuestro Padre celestial. La verdadera esperanza siempre está dirigida a Dios, pues Él mismo es nuestra esperanza.

Pase lo que pase, y aunque la situación parezca no tener salida, la esperanza en Dios nos proporciona una alegría espiritual. Por eso, nunca debemos dar cabida a esa tristeza que viene de la mano de la desesperanza.

En el camino de seguimiento del Señor, las tribulaciones son inevitables. De hecho, nuestro Padre celestial se vale de ellas para formarnos espiritualmente. La exhortación del Apóstol apunta a un fruto que puede madurar al superar las tribulaciones: es la paciencia que crece en nosotros cuando perseveramos en la fe. También en las tribulaciones, es la unión con nuestro Padre la que nos da la fuerza para permanecerle fieles. Con cada acto de fidelidad a Dios en una situación concreta, nuestra vida se consolida en Él, crece nuestra paciencia y aprendemos a confiar cada vez más profundamente en el Señor.

Si asimilamos estas dos exhortaciones del apóstol y tratamos de ponerlas en práctica, el testimonio de nuestra fe adquirirá algo de ese poder capaz de vencer al mundo, un poder que el Señor nos ofrece en sí mismo: «En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).