UN CAMINO SIEMPRE ABIERTO

“Puedes confiarme todo y derramar siempre ante mí tu corazón” (Palabra interior).

¡Cuánto ayudaría a las personas seguir esta invitación de nuestro Padre Celestial! ¿No es eso lo que anhelamos? ¿Acaso no buscamos a alguien en quien podamos confiar sin reservas y por quien nos sepamos escuchados y comprendidos?

Nadie debería sufrir solo su aflicción interior ni cargar con un peso que le sobrepasa o que incluso lo lleva a la desesperación. Nuestro Padre Celestial no solo conoce nuestras necesidades, sino también la salida para cada situación, y siempre es capaz de reconfortarnos.

Sin embargo, no solo hemos de derramar ante Él nuestra necesidad, sino que también podemos compartirle todo lo que llevamos en el corazón: las preguntas que nos inquietan, los pensamientos que nos mueven y todas las alegrías que nos regocijan, pues nuestro Padre quiere que lo hagamos partícipe de todo sin excepción.

Así, surge una relación llena de confianza y percibimos que, cuanto más nos abandonamos a Él, tanto más nuestro Padre se comunica a nosotros. Responderá a nuestra confianza con su presencia. De esta manera, también se van haciendo a un lado todos los obstáculos que se interponen a esta relación de confianza. En su lugar, va surgiendo una verdadera amistad con Él. De hecho, Él nos dice a través de la Madre Eugenia que no sólo quiere ser nuestro Padre, sino también nuestro amigo y confidente.

También podemos plantearle preguntas cuando no entendemos algo. Lo importante es hacerlo con la actitud correcta, sabiendo que, aunque aún no los comprendamos, los designios de Dios para con nosotros son siempre perfectos. Entonces nuestras preguntas se asemejarán más a la que le dirigió la Virgen María al Ángel: «¿Cómo sucederá esto?» (Lc 1,34). Ella obtuvo la respuesta. Así también nos sucederá a nosotros si dirigimos nuestras preguntas al Señor a la manera de María.