UN CAMBIO PARA EL MUNDO

“El cambio sólo podrá darse a través de una auténtica conversión y la observancia de mis mandamientos” (Palabra interior).

La solución para que este mundo aún pueda salvarse es divinamente sencilla. Sin embargo, precisamente este requisito parece ser tan difícil para los hombres. ¿Cómo podría producirse un cambio si no es volviendo a Dios? ¿A quién podrían dirigirse si no? ¿Al hombre, a la naturaleza, a sí mismos?

Cada pecado deja un rastro de devastación a su paso si el hombre no se vuelve a Dios después de haberlo cometido, implorando su misericordia y obteniendo su perdón. Dios se lo ha puesto fácil, porque le ama tanto que sale en su busca y le sigue en sus extravíos. Pero, puesto que ha dotado al hombre de libertad, requiere su consentimiento, pues, como dice San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti.”

Por tanto, estamos llamados a profundizar cada vez más nuestra propia conversión y sumergirnos en el baño sanador del amor, para que nuestro corazón se convierta en morada de este amor divino. “Dichosos los que trabajan por la paz”, nos dice el Señor en el Evangelio (Mt 5,9). Pues bien, sólo si nosotros mismos nos convertimos y guardamos los mandamientos de Dios con fervor y alegría, podremos convertirnos en pacificadores. Y lo haremos de forma especial si exhortamos también a los demás a convertirse al Señor y a observar su Ley.

¡Anhelamos un cambio en el mundo! Es tan necesario, pues cuanto más se alejan los hombres de Dios, más oscuro se vuelve este mundo.

Quisiera recordar a todos los que escuchan los «3 Minutos para Abbá» la siguiente afirmación de nuestro Padre en el Mensaje a sor Eugenia: “Quisiera que fuerais donde ellos [los que no me conocen] en mi Nombre y les hablarais de mí. (…) Sobre todo, decidles que pienso en ellos, que los amo y que quiero darles la felicidad eterna. ¡Oh! Os lo prometo: los hombres se convertirán más rápidamente.”