UN AMOR INDESTRUCTIBLE

“Estad seguros de mi amor. Es indestructible” (Palabra interior).

La certeza del amor de Dios es el fundamento sobre el que podemos cimentar toda nuestra vida, tanto en el tiempo como en la eternidad. En cada situación que afrontamos, su amor está presente, fortaleciéndonos, consolándonos y levantándonos.

La certeza de este amor nos viene por la fe y se va interiorizando cada vez más en el camino de seguimiento del Señor. Es preciso aferrarse a este amor y no dejarse confundir por las tribulaciones interiores o exteriores. Cada vez que este amor sea puesto en duda por diversas circunstancias, ya sean externas o internas, debemos considerarlas como tentaciones que quieren atacar el fundamento que nos sostiene. Hemos de luchar contra ellas, aunque nuestros sentimientos pretendan transmitirnos una información distinta. Las contrarrestamos diciendo: “Gracias, Señor, por tu amor.”

El cultivo del amor es indispensable. Así como en el amor conyugal es necesario tomarse tiempo para estar cerca el uno del otro, no solo en las tareas comunes y en el cumplimiento de las obligaciones, sino también en la mirada amorosa del «tú», así sucede también en la relación con Dios. A nuestro Padre le encanta estar a solas con nosotros para hacer calar en lo más profundo de nuestro corazón la particularidad de su amor divino, la ternura y la intimidad del intercambio de amor. En esos momentos, nuestro Padre nos dirige su atención como si fuéramos la única persona en el mundo, la única que Él ama, del mismo modo que una pareja de enamorados puede olvidar todo lo que les rodea en su amor mutuo.

Son precisamente estos momentos íntimos de contemplación los que refuerzan en el alma la certeza del amor de Dios por nosotros y de la indestructibilidad de su amor, que solo podemos rechazar si abandonamos el estado de gracia.