“UN AMIGO CELESTIAL”

«Ahí tienes un buen amigo, hijo mío, un gran amigo» (Palabra interior).

«El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo 6,14)

Escuché estas hermosas palabras en mi corazón y supe que el buen amigo al que se refería era el apóstol san Pablo. De hecho, me acompaña en mi camino desde hace mucho tiempo y tanto sus sabias palabras como el ejemplo de su entrega total son una luz en mi vida. Es, al mismo tiempo, un maestro y un amigo al que siempre puedo acudir.

Cuando pensamos en la «amistad», solemos asociarla con personas que aún viven, a las que podemos ver y con las que podemos hablar. En este contexto, conviene prestar atención al buen consejo del Libro de Sirácides: «Si has encontrado un nuevo amigo, comienza por ponerlo a prueba, no le otorgues demasiado pronto tu confianza» (Eclo 6,7). Si lo ponemos en práctica, rápidamente constataremos que no hay tantos amigos de verdad.

Pero ¿hemos buscado ya amigos en el cielo? Allí hay muchos que nos serían fieles y que quizá solo están esperando a que nos dirijamos a ellos. En ocasiones, tal vez ellos mismos tomen la iniciativa y, de alguna manera, se introduzcan en nuestra vida y hagan notar su presencia.

En el Mensaje a sor Eugenia Ravasio, nuestro Padre Celestial declara:

«Deseo que todos, desde el niño hasta el anciano, me llamen con el nombre familiar de “Padre”, “amigo” y “hermano”, ya que estoy siempre con vosotros y me hago semejante a vosotros, para haceros semejantes a mí.»

Toda verdadera amistad tiene su origen aquí: brota del corazón de Dios, que nos la ofrece con una fidelidad insuperable. Si lo tenemos como amigo, siempre seremos capaces de identificar una verdadera amistad y nosotros mismos aprenderemos a ser buenos amigos.

En ello, también me ayudará la amistad con san Pablo.