“TUS ADVERTENCIAS VALEN MÁS QUE EL ORO”

Amado Padre, Tú nos guías de diversas maneras en nuestro camino de seguimiento de Cristo. Las advertencias son uno de los valiosos regalos que nos concedes. Nos las diriges en tono serio para despertarnos y hacer hincapié en su importancia. Emanan de tu amoroso corazón, que al mismo tiempo les infunde suavidad. Se distinguen de las advertencias alarmantes y aterradoras del mundo, y más bien buscan recordarnos algo que fácilmente podríamos perder de vista.

En la lectura que hemos escuchado hoy en nuestro itinerario cuaresmal, nos has recordado que incluso quien se halla en el camino recto corre el peligro de abandonarlo. Nos lo tomaremos como una advertencia en nuestro camino. Debería resonar en nosotros, no para asustarnos, sino para exhortarnos a vivir con vigilancia. Eso significa descubrir tu guía en cada jornada, que quiere llevarnos a un crecimiento espiritual y a alejarnos cada vez más del pecado.

En efecto, es el Espíritu Santo quien nos advierte una y otra vez de manera muy sutil. Cuanto mejor aprendemos a escuchar su voz, más finamente nos guiará, incluso en los detalles más mínimos. Entonces, nuestra alma comprende las amonestaciones como invitaciones del amor, sin que por ello pierdan su seriedad, agilizando nuestro camino de seguimiento de Cristo, incluso si nos movemos en el transcurso rutinario de la vida cotidiana.

Por favor, amado Padre, nunca dejes de advertirnos. Tus advertencias son más valiosas para nosotros que el oro y todos los tesoros terrenales. Nos sirven una y otra vez como «señales luminosas» que nos recuerdan lo correcto en el momento adecuado y evitan que nos desviemos del camino.