¡Qué conmovedora es la historia de Daniel (Dn 14,27-42), amado Padre, a quien los idólatras arrojaron al foso de los leones por desenmascarar a sus falsos dioses y sacar a la luz la astucia con la que engañaron al rey Ciro!
Pero los leones no le hicieron daño, tal y como escuchamos también en la vida de otros santos, como Santa Martina de Roma.
¡Es realmente asombroso que escojas incluso a fieras como instrumentos de tu obra! Los idólatras pretendían que los leones ejecutaran sus malvadas intenciones devorando a aquel que daba testimonio de ti. Incluso habían amenazado de muerte al rey y a toda su familia si éste no les entregaba a Daniel.
Pero, ¿qué sucedió? Tú no permitiste que las malas intenciones de los idólatras tuvieran éxito, de modo que las fieras no se prestaron para cometer un crimen, sino que se convirtieron en instrumento de castigo para los criminales. El resultado fue que el rey Ciro exclamara: «Que todos los habitantes de la Tierra teman al Dios de Daniel. Porque Él es el salvador, que realiza prodigios y milagros en la Tierra; Él, que liberó a Daniel del foso de los leones» (Dn 14,42).
Muchas veces actúas así, amado Padre, insertando incluso el mal en tu plan de salvación y sirviéndote de él para realizar tus designios. Esta certeza debería infundirnos confianza en todas las situaciones. Incluso te encargaste de que Habacuc llevara comida a Daniel, que respondió con esta bella afirmación: «Te has acordado de mí, Dios mío, y no has abandonado a los que te aman» (Dn 14, 38).
A una voz con Daniel, te dirigiremos estas palabras, amado Padre, sea cual sea la «fosa de los leones» en la que seamos arrojados. ¡Tú puedes domarlos y convertirlos en instrumentos de tu justicia!
