«No sé si el buen Dios está contento conmigo, pero me entrego totalmente a Él. ¡Oh, cuán dulce es no pensar en nada en el último momento, ni en los propios pecados ni en las virtudes, sino solo en la misericordia!» (Palabras del beato Eduardo Poppe en su lecho de muerte).
¡Qué paz tan dichosa emana de estas palabras pronunciadas por el beato Eduardo Poppe en su lecho de muerte! Lo dejó todo atrás y se centró por completo en el Señor. ¡Qué maravilloso es poder entrar así en la eternidad, confiando firmemente en la misericordia de Dios!
¿Qué provecho podemos sacar de esta frase, aunque aún no estemos en nuestro lecho de muerte?
Sin duda, es correcto examinar una y otra vez si el Señor está contento con nosotros. Pero este cuestionamiento no debería inquietarnos. Nuestro Padre sabrá indicarnos y corregirnos si nos desviamos, sobre todo si se lo pedimos sinceramente. Por eso, lo más importante es entregarnos a Dios con toda confianza, como escuchamos en la frase de hoy. A esto debemos prestar especial atención, y si lo intentamos sinceramente, podremos contar siempre con su misericordia. Por tanto, no debemos concentrarnos principalmente en nuestros errores, sino en nuestro Padre Celestial.
¿Y qué hay de nuestras virtudes? Tampoco debemos pensar mucho en ellas. Aspirarlas, sí; pero, una vez que las veamos crecer en nuestra vida, simplemente demos gracias al Señor y no sigamos pensando en ellas. Así podremos permanecer humildes.
En lo que sí podemos pensar siempre es en la misericordia de Dios. Es el regalo divino que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. Cuando llegue la hora de nuestra muerte, pensemos simplemente en ella y dejemos el juicio sobre nuestra vida en manos del Padre, que es amor. Quizá entonces podremos experimentar la dulzura de ese momento como el beato Eduardo Poppe.
