«No importa cuál sea nuestro estatus social en esta vida. En realidad, solo somos lo que somos a los ojos de Dios» (San Francisco de Sales).
Con estas palabras, san Francisco de Sales quiere conducirnos a la libertad, esa libertad que nuestro Padre nos ha otorgado. ¡Qué vano es gloriarse de cosas externas, como si éstas determinaran nuestro valor como personas! ¡En cuántas dependencias caemos cuando, en lugar de centrarnos en Dios y recibir de Él nuestro valor, buscamos las alabanzas del mundo y adoptamos sus criterios! Esto se aplica incluso al ámbito religioso.
Solo somos lo que somos a los ojos de Dios. Solo nuestro Padre puede ver a la persona en lo más profundo de su ser y conocer su corazón. Los criterios humanos a menudo se desmoronan, ya que a los sabios y prudentes de este mundo suele permanecerles velada la gloria de Dios y su ser, mientras que los sencillos, cuyo corazón no está lleno de autoelogios, pueden comprenderlo más fácilmente (cf. Mt 11,25).
¿Qué podemos extraer para nosotros de estas sabias palabras de san Francisco de Sales? Procuremos hacerlo todo con la mirada puesta en Dios y para el bien de los demás, y no nos ocupemos demasiado de nosotros mismos. Si le hemos prometido a nuestro Señor servirle y lo intentamos sinceramente cada día, eso basta, independientemente de la condición social en la que vivamos. Si recibimos elogios, demos gracias al Señor y atribuyámosle todo lo bueno. Si recibimos calumnias, oremos por quienes las esparcen, pero no permitamos que nos afecten.
Siempre nos ayudará vivir con la mirada puesta en el Señor y recorrer nuestro camino día a día en una relación confiada con Él. ¡Lo que nuestro Padre piensa de nosotros es lo que cuenta! Todo lo demás queda en un segundo plano.
