“SEGUIR AL SEÑOR SIN CAER EN CEGUERA”  

Amado Padre, en el evangelio de hoy (Jn 11,47-54) nos encontramos con la obstinación y la ceguera de los líderes religiosos de aquella época. Estas alcanzaron dimensiones alarmantes y les llevaron incluso a tramar la muerte de Jesús. Se engañaban a sí mismos, de modo que la verdad ya no tenía acceso a sus corazones.

Aquí, amado Padre, nos enfrentamos con espanto a la maldad de un corazón obstinado. Por desgracia, no es una excepción. Nosotros, los hombres, podemos caer en ese estado si no nos sometemos a lo que hemos reconocido como verdad, solo porque no concuerde con nuestros deseos o ideas. Si no abandonamos ese camino erróneo, terminaremos enredándonos cada vez más y nuestros ojos espirituales se enceguecerán. San Pablo describió con gran acierto este estado:

«Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos» (2Tim 4,3-4).

¿Cómo podemos prevenir tal ceguera con tu gracia?

Si te reconocemos como nuestro amoroso Padre y cultivamos una relación íntima contigo, entonces siempre podremos presentarte todo aquello que detectamos en nosotros que no es del todo sincero ni verdadero. En vista de tu amor, hemos de deshacernos por completo de cualquier miedo hacia ti. Te suplicamos que nos libres de todo engaño, por pequeño que sea, y que siempre te abramos nuestro corazón con plena sinceridad.

Confiamos firmemente en que nos ayudarás a renunciar a cualquier deseo desordenado que nos atrape en un mundo ilusorio, de modo que toda falsedad desaparezca de nuestra vida. Además, hemos de aferrarnos a tu Palabra tal y como nos la transmitieron los apóstoles y ha sido anunciada por la Iglesia a lo largo de los siglos, libre de distorsiones modernistas. Así, amado Padre, ciertamente podemos lograr que nuestros ojos y oídos espirituales permanezcan siempre abiertos a tu guía.