En la vida del santo de hoy se puede ver cuántos obstáculos se les pone a veces a aquellos que Dios ha destinado a una gran misión. En la historia que conoceremos hoy, no fueron tanto los enemigos externos —aunque estos también se sumaron posteriormente—, sino la propia familia. Esta resistencia puede resultar aún más difícil de afrontar, ya que se trata de personas con las que uno ha crecido en el seno de la familia y a las que está unido por los lazos de sangre o de la amistad, pero que, en su incomprensión, se oponen a los designios de Dios. Así sucedió con san José de Leonisa en el siglo XVI.
Sus familiares tenían grandes expectativas sobre la brillante carrera que el joven podría alcanzar en el mundo. Ya estaba concertado su casamiento con una noble dama de extraordinaria belleza y gran fortuna. Sin embargo, José huyó de la casa paterna y pidió el hábito de los capuchinos en Asís, la ciudad natal de san Francisco. Pero ni siquiera en el convento, donde el joven había iniciado su noviciado, dieron tregua sus parientes.
La serena y paradisíaca dicha del novicio dentro de los muros del monasterio pronto se vio perturbada. Un día, se produjo un gran tumulto delante del pequeño convento. De repente, comenzaron a colocar escaleras contra los muros del jardín, como si fuera un asalto. Una turba de hombres furiosos irrumpió en el monasterio. Eron los familiares del joven novicio, que querían llevárselo a casa.
Amargas acusaciones y amenazas llueven sobre él; súplicas y promesas para que renuncie a su vocación. Pero todo es en vano. Cegados por una ira vehemente, los parientes se abalanzan sobre José para llevárselo a la fuerza. Él se resiste para proteger su vocación y grita pidiendo ayuda. Entonces llegan varios frailes para defender a su novicio.
Cuando una persona responde al llamado de Dios, que la ha escogido para una misión especial, muy pronto puede verse enfrentada a dificultades y ataques que buscan disuadirla del camino emprendido. En el caso de José de Leonisa, fue la dolorosa experiencia de ver cómo sus familiares se atribuían un derecho que no les correspondía, ya que el Señor había puesto sus manos sobre él y lo había llamado a un seguimiento más intenso de Cristo. Con la ayuda de Dios, san José superó esta dura prueba.
Su camino posterior fue inmensamente fructífero. Se sometió dócilmente a la disciplina monástica, fue ordenado sacerdote y luego enviado como misionero a Oriente. Tras un turbulento viaje, llegó a la zona costera de Constantinopla. Se cuenta que, «completamente abandonado y desconocido en aquella región, el padre José oró a Dios. De repente, salió de entre los arbustos un niño encantador que tomó de la mano al misionero y lo condujo a la gran metrópoli, recorriendo senderos y callejones hasta dejarlo ante un antiguo monasterio en ruinas en el que se habían instalado provisionalmente algunos misioneros capuchinos que le habían precedido. Una vez allí, el niño desapareció. El misionero había alcanzado el destino de su celo apostólico: Constantinopla. ¡Cómo sangraba su corazón al ver la multitud en las estrechas y sucias callejuelas, en las amplias calles y grandes plazas con su esplendor de cuento de hadas, en los palacios de mármol junto al Cuerno de Oro!
El amplio campo de trabajo de Constantinopla ofrecía una doble y abundante labor apostólica. Miles de esclavos cristianos languidecían en las mazmorras y eran incitados a convertirse al Islam mediante duros maltratos. En las galeras del puerto, muchos cristianos, la mayoría secuestrados, estaban encadenados a las bancadas de remo con grilletes de hierro y eran torturados por crueles capataces hasta caer muertos por los latigazos y el agotamiento de remar.
El padre José era un gran consuelo para los prisioneros. Les parecía un ángel que aliviaba su miseria corporal y espiritual. Sin embargo, el misionero no se conformaba con esta labor, sino que su ardiente corazón apostólico le urgía a dedicarse a la conversión de los musulmanes.
El comienzo de esta labor fue alentador. De hecho, el amor y el celo del misionero lograron que un pasha turco de alto rango se convirtiera al cristianismo. Este desafortunado, que en su momento había sido incluso arzobispo de la Iglesia griega, había renegado de su fe cristiana.
Entonces, siguiendo el ejemplo de San Francisco, el fundador de su orden, el padre José quiso dirigirse al sultán para conseguir que, al menos, se aboliera la pena de muerte impuesta a quienes abrazaban la fe cristiana. Sin embargo, la guardia del sultán lo detuvo y fue condenado a muerte sin previo juicio. Lo colgaron en una horca con dos ganchos: uno atravesaba la mano izquierda y el otro, el pie derecho. Debajo de la horca encendieron un fuego para torturarlo y asfixiarlo. Cuando ya estaba cerca de morir, volvió a aparecer aquel niño angelical y misterioso, que lo liberó, lo curó y le comunicó que Dios lo llamaba ahora a la misión entre los cristianos.
De regreso a Italia, recibió la bendición pontificia. Los superiores asignaron al padre José el cargo de predicador penitencial o misionero en la provincia de Umbría, cerca de su lugar de origen. Durante más de veinte años, desempeñó este ministerio con gran celo e indescriptibles bendiciones para miles de almas. El Señor confirmó también su testimonio mediante muchos y diversos milagros. Solía predicar dos o tres veces al día, pero se dice que a menudo lo hacía hasta once o doce veces.
El 4 de febrero falleció en el convento de los capuchinos de Amatrice, una pequeña ciudad de la diócesis de Rieti. Tenía 56 años, 40 de los cuales los había pasado en la santa Orden.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-rechazo-a-jesus-en-nazaret/
