“RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS Y VIDA ETERNA”

¿Por qué, amado Padre, ni siquiera el signo de la resurrección de un muerto bastó para que los fariseos reconsideraran su postura hostil hacia Jesús? ¿No es suficiente que ocurra un milagro de tal magnitud para que quede patente que Tú estás obrando? ¿Qué más habría de suceder?

Podemos anticipar tu respuesta, porque ya nos la has dado una y otra vez en la Sagrada Escritura; y también en la vida de tus santos acontecía que ni siquiera los milagros más evidentes podían mover a los tiranos a la conversión.

Pero, gracias a Dios, no siempre sucede así cuando manifiestas tu presencia de forma tan tangible. Cuando tu Hijo resucitó a Lázaro, muchas personas creyeron en Él. Por eso te pedimos que sigas concediéndonos milagros. ¡Por cada signo te estamos agradecidos! Las personas los necesitan, especialmente aquellas que aún no han abrazado la fe, para que tengan la esperanza de participar en la resurrección al final de los tiempos.

A través de un milagro como éste, pueden comprender que, por medio de la fe, ellos mismos serán resucitados a la vida eterna. Es la fe la que nos abre los ojos para aprender a verlo todo con tu mirada. Cuando tu gracia entra en la vida de una persona, su muerte interior cede paso a la vida. Ese es el primer y más importante don que nos traes: la vida eterna.

Esta es la verdadera vida, la vida imperecedera. Por eso le dices a santa Marta que Tú eres la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Y tu gracia nos guía a través del tiempo hacia la eternidad.

Así, nos alegramos y alabamos tu bondad por el difunto que, por tu palabra, vuelve a la vida. Pero aún más nos regocijamos por aquel que, al encontrarse contigo, pasa de la muerte a la vida. ¡Y el cielo entero exulta de gozo (Lc 15,7)!