“RESPONSABILIDAD ANTE DIOS”

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«El que se conduce según mis preceptos y observa mis normas, obrando conforme a la verdad, un hombre así es justo: vivirá sin duda» (Ez 18,9).

Amado Padre, nos gusta hablar de tu amor y bondad, de tu paciencia y misericordia. En efecto, son maravillosos atributos tuyos y de ellos vivimos. ¿Quién podría recorrer su camino hasta el final si Tú no lo sostuvieras y lo levantaras una y otra vez tras sus diversas debilidades y caídas?

Sin embargo, no debemos pasar por alto la gran responsabilidad que trae consigo el conocimiento de la verdadera fe. Tú nos dices: «A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán» (Lc 12,48).

Estas palabras, querido Padre, pueden provocarnos un susto saludable, porque en realidad se nos ha dado mucho. A nuestra Iglesia se le ha encomendado tan gran tesoro. No solo está llamada a ser la “Maestra de los pueblos”, sino que, como buena Madre, también ha de acompañar a los hombres hacia la eternidad y brindarles todo lo que necesitan en este camino.

Pero la responsabilidad también incumbe a cada persona en particular, según el lugar que tú, Padre, le hayas asignado. Aquí viene en nuestra ayuda la frase de hoy, que nos exhorta a obrar conforme a la verdad. Si lo hacemos, viviremos y daremos testimonio de la verdadera vida a los demás.

Esta responsabilidad nos impulsa cada día y es capaz de despertarnos de toda pereza. Nos vuelve atentos a la guía del Espíritu Santo y nos convierte en conscientes obreros en tu Reino de amor, que quieres establecer en la Tierra.

Amado Padre, ¡eso es lo más hermoso que nos puedes confiar! Así, el amor y la vida en la verdad se convierten en criterios para examinar si estamos correspondiendo a la responsabilidad que se deriva de haber recibido el don de la verdadera fe.