Retomamos hoy las reflexiones sobre la virtud de la castidad que iniciamos ayer.
En una época marcada por la constante estimulación de la sensualidad, se debe prestar la máxima atención para proteger esta virtud. Esto se aplica tanto a las provocaciones que vienen del exterior como a las que surgen en nuestro interior.
La Sagrada Escritura nos recuerda que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo:
«Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1Cor 6,18-20).
Glorificamos a Dios con nuestro cuerpo cuando vivimos en castidad y servimos al Señor de esta manera.
«Por lo tanto, que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus concupiscencias, ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado como armas de injusticia; al contrario, ofreceos vosotros mismos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y convertid vuestros miembros en armas de justicia para Dios» (Rom 6,12-13).
Al meditar e interiorizar con frecuencia estas palabras de la Escritura, tomaremos mayor conciencia de la dignidad del cuerpo. ¡Éste no debe convertirse en un templo de impureza por el abuso de la sexualidad!
Las tentaciones que atentan contra la pureza corporal pueden ser de diversa intensidad. Hay personas que se ven más acosadas por ellas que otras. Sin embargo, en caso de que nosotros mismos no suframos tanto bajo tales tentaciones, nunca debemos mirar con desprecio a los que son más atacados en la esfera de la sensualidad ni sentirnos superiores a ellos. Antes bien, hemos de apoyarnos mutuamente con la oración y el buen ejemplo.
La lucha por la castidad corporal debe librarse con suma determinación, como nos sugiere San Juan Bosco en la siguiente frase:
«Con todas mis fuerzas lucharé contra todo lo que sea incompatible con la virtud de la castidad: cualquier lectura, cualquier pensamiento, cualquier palabra o acto… Por el contrario, me propongo poner en práctica todo aquello, por insignificante que parezca, que pueda contribuir a preservar esta virtud.»
En ese sentido, hay que evitar conversaciones obscenas, bromas de doble sentido y cualquier tipo de insinuaciones.
La lucha por preservar la castidad será tanto más fructífera y eficaz cuanto más comprendamos que ésta abarca todas las dimensiones de la vida. Todos nuestros pensamientos y acciones deben estar impregnados por la pureza divina. Así como una persona pudorosa rehúye un ambiente impuro porque no quiere permitir ninguna violación de esta esfera, también la castidad espiritual quiere alejarse de toda impureza del espíritu.
Debemos ser conscientes de que el Espíritu Santo habita en nosotros como huésped divino, y que no sólo le ofendemos con palabras y actos impuros relacionados con el ámbito sexual, sino también con cualquier actitud y obra que sea contraria al amor. En su esencia, éstas son impuras y se oponen al orden divino. El Espíritu de Dios es el Santo en nosotros, pecadores. Es Él quien nos recuerda siempre lo que es santo y nos hace percibir lo que es contrario a la santidad.
Aquí nos encontramos con el núcleo más profundo de la castidad. Podríamos describirla como la respuesta del hombre al amor puro que ha sido derramado en su corazón. Con una vida casta y con cada defensa consciente de la pureza a todos los niveles, damos nuestro “sí” amoroso a Dios, que ha creado nuestra alma a su imagen. San Gregorio Nacianceno describe magníficamente la belleza con la que ésta ha sido dotada:
«No es el cielo el que fue creado a imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni la belleza de las estrellas, ni ninguna otra cosa que exista en la creación. Solo tú, oh alma humana, te has convertido en imagen de la naturaleza que supera todo entendimiento, semejanza de la belleza imperecedera, huella de la verdadera divinidad, receptáculo de la vida bienaventurada, imagen de la verdadera luz. Te haces semejante a Él cuando lo contemplas, porque a través del resplandor que irradia tu pureza, imitas a Aquel que brilla en ti».
Así, pues, la castidad se convierte en la guardiana que custodia la belleza y la integridad, la pureza y la inocencia originaria del alma. De este modo, también se vuelve testigo de Aquel que brilla en ella, testigo de la gloria de Dios.
