PERDONA NUESTRAS OFENSAS

 

“Perdona nuestras ofensas” (Mt 6,12).

El gran acto de amor de Dios consiste en perdonarnos nuestras culpas en virtud del sacrificio de su Hijo. ¿Quién podría resistir si no fuera por este amor, siendo así que todos hemos contraído deudas, no sólo por nuestras malas obras, sino también por nuestras omisiones?

No pocas veces sucede que nosotros, los hombres, no lidiamos debidamente con nuestras culpas. Por un lado, existe la tendencia a no admitirlas y a pasarlas por alto. En consecuencia, corremos el riesgo de no percibir ni la gravedad de la culpa ni la magnitud del perdón con su dimensión liberadora. Por el otro lado, la culpa y los escrúpulos pueden agobiarnos hasta el punto de que no nos atrevemos a acudir a Dios.

Nuestro Padre nos ha trazado otro camino. Él quiere darnos a entender su misericordia y nos lo pone fácil para que volvamos a Él y le confesemos nuestras culpas. Si reconocemos con humildad que hemos ofendido el amor y expresamos nuestro arrepentimiento ante nuestro Padre, Él sale a nuestro encuentro con su amor. La Iglesia Católica nos ofrece el perdón de Dios a través del valioso sacramento de la penitencia.

De esta manera, la petición “perdona nuestras ofensas” se nos convierte en un camino interior para que, por un lado, percibamos mejor las durezas de nuestro corazón y, por otro lado, lleguemos a conocer más profundamente la constante disponibilidad de Dios para perdonarnos.

En el Mensaje a la Madre Eugenia, Dios Padre nos invita de manera muy tierna a aprender cómo lidiar con nuestras malas actitudes. Nos dice:

“Si vosotros mismos, por ignorancia o por debilidad, recaéis en el estado de una gota amarga, yo sigo siendo un Océano de amor, dispuesto a recibir esta gota amarga, para transformarla en caridad y en bondad, y para hacer de vosotros santos, como lo soy yo, vuestro Padre.”