Los textos bíblicos de hoy nos confrontan de manera muy concreta con los abismos del corazón humano y con la maldad que puede brotar de él. En la primera lectura, escuchamos una parte de la historia de José y sus hermanos (Gen 37,6-22). Estos se dieron cuenta de que su padre, Jacob, amaba a José más que a sus otros hijos. Fue él quien había informado a Jacob de las maldades que sus hermanos cometían mientras pastoreaban las ovejas (v. 2). Estos “llegaron a aborrecerle hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle” (v. 4).
Sus corazones se oscurecieron cada vez más y, cuando José les contó inocentemente dos sueños proféticos que sugerían que un día todos ellos se inclinarían ante él, su envidia creció aún más. Cuando se les presentó una oportunidad propicia, decidieron matarlo. Solo Rubén, el hermano mayor, quiso salvarlo y devolverlo a su padre. Logró convencerlos de que, en lugar de derramar su sangre, lo arrojaran a un pozo vacío (v. 22).
