Jesús nació en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes. Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos? Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.” El rey Herodes, al oírlo, se sobresaltó, y con él toda Jerusalén. Así que convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
Hermanos míos, éste es el mensaje que oísteis desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín, que, al ser del Maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, mientras que eran justas las obras de su hermano. No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece.
Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo.
Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. leer más
¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es precisamente el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo no posee al Padre; pero todo el que confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, deseo que sigáis conservando lo que oísteis desde el principio. leer más
Si, al iniciar el año, ponemos nuestra mirada en la Madre del Señor, tal como la Iglesia nos insta a hacerlo, entonces todo se esclarece, a pesar de las nubes oscuras que actualmente se ciernen sobre el mundo.
Todo se esclarece, porque Tú, oh María, fuiste elegida como hija del género humano. Tú no solamente diste a luz al Hijo de Dios; sino que también lo seguiste como discípula. Así, el Señor te incluyó de forma especial en el plan de la salvación. Esto nos da esperanza, porque nuestro Padre, que te confió a su Unigénito, te convirtió también en Madre de la humanidad redimida.
Por eso, al finalizar la Octava de Navidad y al iniciar el nuevo año, nos dirigimos a Ti, oh Madre de este Amado Niño, y ponemos en tu corazón a todos los hombres.
Cuando fracasan todos nuestros esfuerzos por llevar a las personas a Jesús; cuando los corazones parecen obstinados y endurecidos; cuando las mentes están como enceguecidas, confiamos a tu intercesión especialmente a aquellos por quienes luchamos. Tú conoces caminos para llegar a los corazones de los hombres, que nosotros desconocemos.
Pero, amada Madre, no son sólo ciertas almas en particular las que están en peligro; sino que “la oscuridad cubre la tierra y espesa nube a los pueblos” (Is 60,2). Parecería que el príncipe de las tinieblas quiere someter a todos los pueblos, prometiéndoles a los hombres un paraíso artificial y usurpándoles su libertad. Pero sólo conseguirá victorias pírricas, porque Tu Amado Hijo vino al mundo a destruir las obras del diablo (1Jn 3,8), y efectivamente lo hizo.
Y tú, amada Madre, fuiste llamada a aplastar la cabeza de la serpiente (Gen 3,15)… ¡y así sucede!
Suplícale a tu Hijo que muchas personas se conviertan en este año; alcánzanos una Iglesia que arda por la salvación de las almas; intercede para que los poderosos sean derribados de sus tronos (cf. Lc 1,52), de manera que la oscuridad anticristiana sea ahuyentada y llegue un tiempo de consolación (cf. Hch 3,20).
Amado Niño, ya casi hemos llegado al final de estas meditaciones de Navidad, y también el año está a punto de culminar.
Amado Señor, ha sido un año tan extraño e incluso absurdo para muchas personas… ¿A quién podrán dirigirse si no a Ti, que incluso en tiempos tan confusos estás presente, y quizá de forma especial cuando ves la necesidad y angustia de las personas?
Apenas habías llegado al mundo, oh Divino Niño, cuando Tus padres tuvieron que huir contigo a Egipto. Es admirable la obediencia de Tu padre adoptivo, San José, al partir de inmediato en cuanto hubo recibido esta orden en un sueño (Mt 2,13-14).
El esfuerzo, las fatigas y adversidades, el sufrimiento y la muerte caracterizan este mundo como consecuencia del pecado, y estaríamos para siempre perdidos si no fuera porque Tú viniste a nosotros y nos trajiste la luz de la esperanza.
Como judíos fieles a la Ley del Señor, a los ocho días de Tu Nacimiento Tus padres te circuncidaron y te pusieron el nombre de Jesús, el Salvador (Lc 2,21).
Cuando, cuarenta días después, te llevaron al Templo para presentarte al Señor, te encontraste con Simeón, uno de los fieles de Tu Pueblo (Lc 2,22-25). El Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de haberte visto. ¡Y así sucedió! Lleno del Espíritu Santo y tomándote en Sus brazos, pronunció sobre Ti aquellas inolvidables palabras: