“ORAR CON TODAS NUESTRAS FUERZAS”

«La oración que el hombre eleva con todas sus fuerzas tiene gran poder. Endulza un corazón amargo, alegra un corazón triste, enriquece un corazón pobre, hace sabio un corazón necio, hace valiente un corazón pusilánime, fortalece un corazón débil, abre los ojos de un corazón ciego, enciende un alma fría. Atrae al gran Dios hacia un pequeño corazón y eleva el alma hambrienta hacia el Dios de la plenitud» (Santa Matilde de Hackeborn).

La vida de oración es esencial en nuestro camino espiritual. Si la abandonamos, con el tiempo acabaremos sufriendo la muerte espiritual. Si no se la conoce, significa que el alma aún no ha despertado y carece de una vida más profunda. No en vano, el apóstol Pablo nos exhorta a orar sin cesar (1Tes 5,17) y a elevarnos así constantemente hacia Dios, que ha infundido en nuestros corazones el espíritu de la oración para que respondamos a él.

Santa Matilde describe el gran poder de la oración cuando el hombre la realiza con todas sus fuerzas. Esto significa que el corazón debe estar presente y que la oración no debe recitarse de forma mecánica e inconsciente, ni mucho menos aplicársela como una especie de práctica mágica. Todos los frutos que la oración produce, descritos por santa Matilde en la frase de hoy, son las gracias que Dios ha dispuesto para la persona que reza con sinceridad y son una manifestación del amor del Padre celestial en el corazón humano. Por tanto, nuestra oración es una constante invitación a Dios para que su amor se haga eficaz en nuestros corazones.

Así, la oración elevada con un corazón abierto se convierte en el lugar espiritual del encuentro entre el Creador y su criatura, en el que Él se deleita y en el que nuestra alma hambrienta es atraída hacia Aquel que es su verdadero alimento.