“¡NUNCA TE DETENGAS!”

«Los santos están siempre llamados a crecer y a no detenerse jamás» (Palabra interior).

En nuestro seguimiento de Cristo, hay momentos en los que podemos descansar en los brazos de nuestro Padre y aflojar un poco el arco tensado, sin por eso dejarlo de lado ni perderlo de vista. Eso no nos perjudica, más bien nos libera de una severidad y tensión innecesarias. Como hijos de nuestro Padre Celestial, sabemos que Él adapta todas las cruces a nuestra medida y nos otorga la gracia necesaria para sobrellevarlas.

Eso es distinto a «quedarse estancado». La frase de hoy se refiere a que nunca debemos rendirnos, encerrarnos en nosotros mismos y dejar de avanzar hacia Dios. Eso no le agradaría a nuestro Padre, ya que Él es la meta de nuestro camino y aún nos queda un trecho por recorrer. Cada etapa nos enseña algo nuevo y en todas las situaciones podemos crecer, particularmente en el amor.

Es precisamente el amor el que da alas a nuestra vida. Nunca podríamos decir: «¡Ya amamos lo suficiente!». Una actitud así ciertamente provocaría una sonrisa compasiva en el rostro del apóstol Pablo y le haría sacudir ligeramente la cabeza. Nos diría: «¡Oh, no! Escucha atentamente: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Cor 13,4-7). ¿Estás seguro de que ya amas así?»

Probablemente, responderíamos entonces con timidez: «Aún nos falta mucho»

«¿Ves?», nos diría él, «¡sigue adelante, nunca te detengas!».

Porque «la caridad nunca acaba» (v. 8).