“Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt 6,10).
Jesús nos invita a incluir con naturalidad en nuestra oración las necesidades de nuestra vida cotidiana. Nuestro alimento diario también procede de nuestro Padre celestial, aunque tengamos que trabajar con el sudor de nuestra frente para conseguirlo (cf. Gen 3,17b). En última instancia, nuestras capacidades y el éxito de nuestro trabajo dependen de la gracia de Dios.
Jesús quiere que cobremos consciencia de ello y que nos dirijamos al Padre con nuestras peticiones. ¡Cuánto más veraz y trascendente se vuelve nuestra vida cuando somos conscientes de que todo nos viene del amor de nuestro Padre, cuando se lo pedimos y le damos las gracias! De esta manera, no solo nos adentramos más profundamente en la realidad de Dios y vivimos en ella, sino que también asumimos una mayor responsabilidad: ¿cómo administramos todo aquello que Dios nos concede?
La petición del pan de cada día no solo se refiere al alimento corporal y a todo lo que necesitamos para nuestra existencia terrenal, porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).
Por tanto, también debemos pedir el alimento de la Palabra de Dios y la gracia de comprenderla correctamente, para que nuestro espíritu y nuestra alma sean alimentados. Esto es más importante aún, pues concierne a la vida eterna.
También pedimos el alimento celestial que recibimos en la Santa Misa: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el «Pan de los ángeles».
De la meditación de ayer debemos añadir también que la Voluntad de nuestro Padre es el alimento de todos los que sirven al Señor, el lazo que nos confiere la unidad más profunda con Él y con todos los suyos.
Así, esta sencilla petición del Padre Nuestro nos da acceso a la plenitud de Dios, de la que Él nos hace partícipes con gran alegría.