«Sabes que todo es gracia y que todo procede de nosotros. Pero también sabes que es necesario cooperar con la gracia para que se haga eficaz» (Palabra interior).
Sin la gracia de Dios no somos capaces de nada, como nos aclara Jesús: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5b). ¡Cuán sabiamente lo dispuso nuestro Padre celestial! Sabiendo bien que siempre corremos el peligro de sobreestimar nuestras capacidades y de darle demasiada importancia a nuestra contribución a lo logrado, Dios nos recuerda que todo procede de Él. Esto es lo que experimentamos también en el camino espiritual. Nuestro Padre permite que sintamos nuestra debilidad para que no nos quedemos atrapados en nosotros mismos, sino que confesemos con plena convicción que solo por su gracia hemos podido lograr esto o aquello. «En tu luz vemos la luz» (Sal 35,10). ¿Qué seríamos sin ti?
¡Qué constatación tan profunda, liberadora y veraz!
A partir de ahí, descubrimos aún más de su sabiduría: nuestro Padre nos toma en serio. No somos simples herramientas sin voluntad propia. Por tanto, día tras día y hora tras hora, debemos poner de nuestra parte para que su gracia y su vida divina se hagan eficaces en nosotros.
En ello, nuestro Padre Celestial nos permite reconocer nuestra dignidad. Debemos dar nuestro «sí» como lo hizo la Santísima Virgen cuando el ángel le anunció el designio divino (cf. Lc 1,26-38). Este «sí» de María, que ella pronunció de una vez y para siempre, se convierte en nuestro ejemplo.
Nuestro «fiat» debe volverse cada vez más firme y probado, cada vez más alegre y natural. Así lo desea nuestro Padre, pues con el «sí» a su amor y nuestra respuesta a él ya se ha cumplido lo esencial en nuestra vida. Por la gracia de Dios, hemos despertado a la verdadera vida, que nuestro Padre se encarga de nutrir con su amor.
¡Y sabemos que todo procede de Él! Nuestra dignidad como personas radica en nuestro «sí» a su voluntad, para que la gracia se haga eficaz en nuestra vida. ¡Cuán sabiamente lo dispuso nuestro Padre!
