«Ahora te seguimos de todo corazón» (Dn 3,41).
Estas palabras, amado Padre, te las dirigió Azarías mientras se encontraba en el horno ardiente junto con los otros dos jóvenes fieles a ti. Antes, te había confesado que el sufrimiento de los judíos como desterrados en Babilonia era consecuencia de haber abandonado tus mandamientos y preceptos.}
En este contexto, Azarías pronunció estas maravillosas palabras: «Ahora te seguimos de todo corazón», en las que se muestra su amor sincero hacia ti.
Sabemos cómo continuó la historia: los tres jóvenes salieron ilesos de las llamas y su magnífico cántico de alabanza a tu gloria sigue resonando, a lo largo de los siglos y hasta el día de hoy, en la liturgia de las horas de la Iglesia.
Las palabras de Azarías son una verdadera expresión de conversión, amado Padre, que también nosotros podemos pronunciar una y otra vez: «Ahora te seguimos de todo corazón», y dejar atrás todo lo que nos lo impide. Podemos relacionarlas con una frase de Santa Edith Stein: «Queremos comenzar cada día una nueva vida». Así, amado Padre, profundizaremos constantemente en nuestra conversión. Cada día tenemos la oportunidad de decidirnos más firmemente por ti, de modo que nuestro corazón se impregna cada vez más de tu amor. Así, toda nuestra vida se convierte en un «Kairós», en un «ahora» que podemos aprovechar. Y ese «ahora» que se nos presenta eres Tú, pues siempre estás ahí esperándonos, hasta que nuestro corazón se vuelva por completo hacia Ti.
Azarías pronunció estas palabras en medio de un gran peligro. Pero cada circunstancia nos invita a abrirte todo nuestro corazón. Entonces, amado Padre, se hace realidad lo que dice nuestra oración por la paz: la paz que brota de tu corazón transforma el nuestro y lo convierte en un recinto de paz que da testimonio de que tu Reino está presente.
