“¡NO PERDEMOS LA ESPERANZA!”

En realidad, amado Padre, nuestra vida podría ser tan sencilla, incluso después de la dolorosa pérdida del Paraíso, porque Tú pones todo de tu parte para que vivamos con la dignidad que nos has otorgado. La vida contigo es, en realidad, de una magnífica sencillez: te reconocemos como nuestro amantísimo Padre, escuchamos tus instrucciones y, con tu gracia, ponemos en práctica lo que nos dices. Entonces, la paz y la felicidad habitan en nosotros, aunque, mientras dure nuestra peregrinación hacia la eternidad, tengamos que librar algunos combates en la tierra. Incluso cuando nos haces partícipes del sufrimiento de tu Hijo, como explica san Pablo (Col 1, 24), para cooperar en la salvación de otras personas que aún viven lejos de ti y a las que quieres conducir a su hogar eterno como hijos tuyos, ¡permanece en nosotros la verdadera dicha que eres Tú!

En realidad, ¡es así de sencillo!

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera»  (Mt 11,28-30).

Sin embargo, la realidad en la Tierra está lejos de ser así… Es un valle de lágrimas, con infinidad de transgresiones contra ti, amado Padre, y contra los hombres. Incluso tu Creación sufre las consecuencias y «será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente» (Rom 8,21-22).

Así pues, la situación presente difiere enormemente del Reino de Dios en la Tierra y se asemeja más a un lugar de perdición bajo el dominio del príncipe de este mundo.

No obstante, gracias a que Tú existes, nunca perdemos la esperanza de que las cosas cambien; empezamos por nosotros mismos y seguimos adelante. ¡Tú nos acompañarás y nos guiarás! ¡Gracias, Padre!