«Aunque la tormenta arrecie y el cielo se oscurezca, no por eso desmayaremos» (San Pío X).
Estas palabras del papa San Pío X pueden darnos aliento. Sin duda, eso es precisamente lo que nuestro Padre quiere: que aun en las dificultades e incluso en circunstancias dramáticas y dolores de parto apocalípticos no nos desviemos del camino que el Señor nos ha trazado. Solo podremos lograrlo si mantenemos nuestra mirada fija en Él, si nuestra alma está arraigada en Él y su gracia nos sostiene.
Nuestro Señor calmó la tempestad en el mar de Tiberíades (Lc 8,22-24) y, en medio de las tinieblas, brilló la luz resplandeciente de Dios (Jn 1,5). ¡A esta certeza nos aferramos! Hacia esta esperanza elevamos la mirada y nos sacudimos la confusión, sin permitir que penetre en nosotros y nos desvíe del camino.
El papa Pío X también tuvo que experimentar tormentas, sobre todo «tempestades venenosas» dentro de la misma Iglesia, pero se aferró a la verdad e hizo todo lo posible para protegerla.
Lo mismo debemos hacer nosotros, que queremos seguir al Señor. Ante todas las amenazas, no debemos desfallecer, sino atravesarlas de la mano de nuestro Padre Celestial y permanecer en su luz.
¡Cuántos han naufragado! ¡Cuántos ya no ven la luz! ¡Cuántos se han dejado engañar!
Precisamente cuando nos damos cuenta de ello, debemos recordar la frase de hoy. Los náufragos necesitan a alguien que los saque del mar; necesitan una mano firme a la que agarrarse; necesitan nuestra mano, a través de la cual la mano de Dios se extiende hacia ellos.
Por tanto, no debemos desfallecer. No solo por nosotros mismos, sino también por aquellos que están en peligro de sucumbir a la confusión.
