«Debes eliminar la palabra “desánimo” de tu vocabulario. Cuanto más sientas tu debilidad, más debes recordar que un abismo llama a otro (Sal 41,8): el abismo de tu miseria atrae el abismo de su misericordia» (Santa Isabel de la Trinidad).
Los maestros de la vida espiritual nos han legado muchas palabras de consuelo y aliento, y el tema de cómo lidiar con nuestra debilidad suele ocupar un lugar destacado. En efecto, a los hombres no nos resulta fácil aceptarla. Nuestras diversas debilidades nos recuerdan constantemente nuestros límites y nos agobian a diferentes niveles. En realidad, nos gustaría simplemente recorrer nuestro camino sin grandes obstáculos y sin detenernos. Sin embargo, las debilidades nos frenan y tienden a desanimarnos, sobre todo cuando no vemos ningún avance.
Pero es precisamente aquí donde entra en juego la frase de hoy, recordándonos que en el abismo de nuestra debilidad no estamos solos. De hecho, es justamente nuestra debilidad la que nos enseña a invocar el amor del Padre celestial, que no solo la conoce, sino que incluso la integra en su plan de salvación para con nosotros. Al recordarlo, cobramos mayor conciencia del amor de nuestro Padre y de su paciencia con nosotros, siempre dispuesto a apoyarnos.
Uno de los misterios más conmovedores del amor de Dios es precisamente el haber elegido lo débil y lo despreciable del mundo (cf. 1 Cor 1, 27-28) para dar testimonio de su clemencia. Así, el abismo de nuestra debilidad personal atrae el abismo de su misericordia. ¿Qué motivo hay entonces para desanimarnos, teniendo un Padre tan bondadoso?
