«Te doy gracias, porque me has formado portentosamente, porque son admirables tus obras» (Sal 138,14).
¿Se lo hemos dicho alguna vez a nuestro Padre Celestial? ¿Hemos intentado mirarnos a nosotros mismos tal y como Dios nos mira y tomar conciencia del amor con el que nos ha llamado a la existencia? ¿Le hemos dado las gracias de todo corazón?
Puede que a algunos nos resulte difícil vernos así, especialmente cuando experimentamos con dolor nuestras propias sombras y pecados.
Pero, a pesar de todo ello, ¿no es cierto lo que dice el salmista? ¿No es una palabra inspirada que ha quedado plasmada en la Sagrada Escritura junto con tantas otras palabras santas? ¿No ha sido pronunciada o incluso cantada en el Espíritu Santo?
¡Sí, es así! Intentemos simplemente repetir estas palabras y dirigírselas a nuestro Padre celestial: «Te doy gracias, porque me has formado portentosamente».
¿Y cuál será su respuesta? Probablemente nos dirá: «Ahora lo has comprendido más profundamente. ¡Eres una obra de arte de mi amor! No podría haberte creado más hermoso. Y aunque tu vida se haya oscurecido por el pecado, yo sigo viéndote así. A través de mi mirada y de todo mi amor, quiero devolverte la «belleza del primer día», cuando te creé a mi imagen. Si me agradeces, te sorprenderás y descubrirás cada vez más lo que mi amor ha proyectado para ti».
Esta constatación puede sanar nuestras heridas y ahuyentar nuestras sombras. ¡Todos tenemos valor ante Dios, todos sin excepción! Si hasta ahora un «no» pesaba sobre nuestra vida, este se convertirá en un «sí». Nuestro Padre nos ha formado portentosamente y, al darle las gracias por ello, despertamos a la verdad más profunda, que comienza a impregnar nuestra vida. ¡Mi vida es su regalo!
Así es nuestro Padre y así seguirá siendo siempre.
