Ap 11,19;12,1.10
Se abrió el templo de Dios en el cielo y en el Templo apareció el arca de su alianza; y se produjeron relámpagos, fragor de truenos, un terremoto y un fuerte granizo. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Entonces oí en el cielo una fuerte voz que decía: ‘Ahora ha llegado la salvación, la fuerza, el Reino de nuestro Dios, y el poderío de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.
Sin duda, la gran señal que apareció en el cielo, la mujer vestida de sol, puede interpretarse como la Virgen María, la Madre del Redentor. De hecho, a menudo se la representa tal y como aparece descrita en la Revelación de San Juan. La memoria de Nuestra Señora de Lourdes, que celebramos hoy, nos invita a reflexionar sobre los grandes milagros que Dios ha obrado y sigue obrando, y sobre el fruto que éstos deberían producir: el despertar de la fe en las personas. Pero ¿hay garantía de que logren siempre su objetivo? En todo caso, Lourdes se ha convertido en una gran señal para la Iglesia.
Hasta el día de hoy siguen dándose curaciones milagrosas en el sitio de la aparición. Como en nuestro tiempo se le da un gran valor a la ciencia, todos los casos de curaciones extraordinarias que se dan en Lourdes se someten a una minuciosa investigación. Una vez que se ha comprobado que no existe una explicación biológica para el fenómeno, se habla de que es un milagro.
No obstante, no hay garantía de que un milagro –por más evidente y “comprobado” que sea– conduzca automáticamente a las personas a creer en Dios. Ciertamente en Francia apenas hay personas que no hayan escuchado hablar de Lourdes y sobre los milagros “científicamente comprobados” que allí ocurren. Sin embargo, precisamente en Francia existe mucha incredulidad y hostilidad hacia la Iglesia. Podríamos pensar que sería tan sencillo para cualquier francés viajar a Lourdes o leer serios informes sobre estos acontecimientos, para luego hallar la fe al ver tales milagros. Pero lamentablemente no sucede así. Entonces surge la gran pregunta: ¿Por qué no creen?
Los milagros que se evidencian físicamente pueden suscitar gran asombro y conmoción, pero no necesariamente penetran en el corazón. Algo similar sucede con la Palabra de Dios: a pesar de que objetivamente es la verdad, no toda persona se deja tocar por ella y cambia de vida. Si fuera tan sencillo, el mundo no estaría como está.
Todo depende, pues, de la disposición de la persona, de si se deja tocar por Dios y por todo aquello que ve, de tal manera que cambie su vida y le abra su corazón al Señor. Milagros ……………. como los que suceden en Lourdes dan testimonio de la bondad y de la ternura de Dios, que nos invita una y otra vez a la conversión y a una confianza más profunda en Él.
Pero existen también signos y milagros que Dios realiza para urgir a los hombres a apartarse de los malos caminos y volverse a Él. En el capítulo 16 del Apocalipsis se describen plagas que caen sobre la humanidad, mostrándoles a los hombres la necesidad de la conversión bajo circunstancias dramáticas y tormentosas:
“El cuarto ángel, a quien le fue encomendado abrasar a los hombres con fuego, derramó su copa sobre el sol; y los hombres fueron quemados por un calor abrasador. No obstante, blasfemaron del nombre de Dios, que tiene potestad sobre tales plagas, y no se arrepintieron dándole gloria” (Ap 16,8-9).
Siempre volvemos al tema del corazón del hombre, pues de él depende si se abre o se cierra al actuar de Dios; de él depende que nos alegremos en las maravillas de Dios y que hagamos caso de sus advertencias, o que, por el contrario, sigamos nuestro rumbo con indiferencia. Por eso es tan importante que recorramos nuestro camino con gran vigilancia y que abramos cada vez más nuestro corazón a Dios.
Al llegar al final de esta meditación, quisiera contaros sobre un milagro que vivimos en la comunidad Agnus Dei. Un día como hoy, 11 de febrero de 1985, día en que conmemoramos a Nuestra Señora de Lourdes, empezamos con la Adoración Perpetua en nuestro monasterio en Alemania, siendo sólo una pequeña comunidad. Esto significa que en cada momento, de día y de noche, uno de nosotros está rezando frente al Santísimo. A pesar de que algunos miembros de la comunidad han fallecido y de que somos ahora muy pocos, todavía se mantiene esta constante oración. Este milagro, aunque distinto de los que ocurren en Lourdes o de los que nos relata la Sagrada Escritura, inspira en nosotros una profunda gratitud para con Dios.
¡Sólo Dios sabe lo que significa la Adoración Perpetua para su Reino! Por eso, mi gratitud va en primer lugar a Dios, quien nos da la gracia de llevarla a cabo; así como a todos los que, con gran fidelidad, sirven a esta misión.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/un-corazon-puro-2/
