Amado Padre, en la liturgia de hoy nos encontramos con el diablo, que se atreve a intentar seducir a tu divino Hijo. ¡Qué presunción por su parte, pues en Jesús no hay ningún «lado débil» del que podría valerse para sus fines y nadie podría serte más fiel que Él, el Hijo amado!
¡Gracias, porque Jesús rechazó estas tentaciones por nosotros! No siempre nos resulta fácil comprender cómo esta criatura tuya, a la que creaste como un ángel glorioso, se ha alejado de ti, convirtiéndose en tu enemigo y ejerciendo esa hostilidad contra nosotros. ¡Qué condición tan terrible, qué perversión de lo que habías previsto para él! A veces, también podemos percibir esta perversión en los seres humanos, pero siempre con la esperanza de que, mientras dure su vida terrenal, aún puedan convertirse. También en nuestros propios «abismos» y en las sombras de nuestro corazón pueden acechar peligros, de los que te rogamos que nos protejas siempre con tu bondad.
En un canto a los santos ángeles, santa Hildegarda de Bingen hace alusión a la caída de Lucifer[1]. Dice así:
«Qué triunfante alegría alberga vuestra naturaleza, intacta de toda obra inicua, de aquella iniquidad que brotó en vuestro compañero, el ángel perdido, que deseó volar por encima del pináculo más elevado de Dios y así se precipitó, atormentado, a la ruina. Pero con lo mismo que fue causa de su caída, tentó al hombre, la hechura de la mano de Dios».
Amado Padre, ¡cuán doloroso es cuando una de tus criaturas falla a la meta para la que Tú la creaste, Tú que eres un Padre tan bueno y viniste en la persona de tu Hijo para redimirnos!
Aunque los ángeles caídos están sometidos a tu justo juicio, te rogamos, oh Padre, por los hombres, para que no desaprovechen el tiempo de la gracia y alcancen su destino eterno; para que experimenten contigo y con todos los fieles ángeles y santos el gozo y la gloria del Cielo.
[1] Aquí podéis escuchar el canto completo: https://www.youtube.com/watch?v=yjIAXI2xkEM
