«Precisamente en esto consiste la vida dichosa: alegrarse con vistas a ti, en ti y por ti» (San Agustín).
En la frase de hoy, san Agustín nos invita a anticipar ya aquí en la tierra —aunque aún no sea en toda su plenitud— la vida dichosa que él mismo halló tras su conversión.
Esta dicha consiste en orientar toda nuestra vida hacia Dios, que es nuestra alegría. Nuestro corazón debe pertenecerle por completo y todo lo que Él es y hace, así como la manera en que lo hace, se convierte en motivo de creciente alegría para nosotros. Nos alegramos porque Dios es Dios y porque Él es como es. Esta dicha nunca puede superarse, porque brota de la fuente de la vida verdadera y santa. Nuestro Padre mismo nos exhorta a esta alegría (cf. Fil 4,4). Y Él, por su parte, se complace en nosotros, acrecentando así aún más nuestra felicidad, pues nos alegramos de que Él se alegre. En efecto, ¿no es cierto que la alegría de nuestro Padre por nosotros nos hace verdaderamente felices?
Cuando comienza esta vida dichosa, lo ganamos todo. De algún modo, ya anticipamos la vida futura y nos orientamos hacia ella. Porque, ¿qué otra cosa nos espera en la eternidad sino la visión beatífica y dichosa de la Santísima Trinidad? Nada se puede comparar a ello, y sin embargo, podemos pregustarlo ya en la tierra.
San Agustín nos señala el camino: pongamos la mirada en nuestro Padre, dejémonos amar y cuidar por Él, reconozcamos cada día más su bondad y las maneras tan delicadas en que nos la manifiesta. Démosle gracias y abandonémonos cada vez más profundamente a Él. Entonces, en su luz, veremos la luz (Sal 36, 9) y nuestra alma se elevará hacia Él. ¡Nuestro verdadero hogar está en el Padre, ahora y para siempre!
