«Precisamente en esto consiste la vida dichosa: alegrarse con vistas a ti, en ti y por ti» (San Agustín).
¡San Agustín tiene razón! Esta vida dichosa ya se anticipa aquí en la Tierra, amado Padre. En cuanto nos despertamos y nos sacudimos el sueño, tu gracia ya está con nosotros, moviéndonos a dedicarte nuestros primeros pensamientos y palabras. Durante toda la noche has velado sobre nosotros por medio de tu ángel. Y el nuevo día que amanece nos espera con su tarea.
«Este es el día que hizo el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él» (Sal 118,24).
Es tu día, amado Padre; el siguiente paso en nuestro camino hacia ti en la eternidad. Si recorremos de tu mano cada jornada de nuestra vida, ¡cuánto empezará nuestro corazón a anhelarte cada día más, a alegrarse en ti y a ansiar que despunte pronto el Día Eterno, aquel día que no conoce ocaso! «[Allí] ya no habrá noche: no tienen necesidad de luz de lámparas ni de la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5).
Y Tú, amado Padre, eres nuestra alegría. Nos regocijamos en ti y en tu inconmensurable amor y sabiduría. Por tu causa, nos esforzaremos por hacer todo lo que te complace, simplemente porque Tú eres Tú. ¡Eso basta!
Pero, aún más, ¡nosotros somos tu alegría! Cuando ves cómo, a pesar de toda nuestra debilidad y limitación, nos esforzamos por agradarte, te regocijas sobremanera: «[El Señor, tu Dios] exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo» (Sof 3,17).
¡Y tu alegría, amado Padre, es nuestra dicha!
