Amado Padre, en la lectura de hoy nos exhortas, a través de tu apóstol, a abstenernos de toda impureza. Es terrible ver cómo este vicio oscurece la vida de una persona y le impide percibir la luz refulgente que emana de la pureza de los santos ángeles y de tantas vírgenes que estuvieron dispuestas a dar su vida para preservarla, ¡y el resplandor radiante de la Virgen purísima! Además, todo esto se ve eclipsado cuando la impureza espiritual de las falsas doctrinas penetra en nuestra Iglesia, quizá incluso acompañada de otras formas de impureza.
Sea de ello lo que fuere, ¡ayúdanos, amado Padre, a obtener un corazón puro! Si estamos enfocados en ti, seremos muy cautelosos frente a todas las tentaciones de impureza, ya sean corporales o espirituales. Las primeras son más fáciles de detectar, pero la impureza espiritual resulta más difícil de identificar, sobre todo cuando ha penetrado en la propia Iglesia.
¿Qué puede ayudarnos? ¡Una gran vigilancia! Debemos percibir los primeros indicios de impureza corporal, buscar inmediatamente tu ayuda, proteger nuestro templo interior de la intrusión de imágenes impuras, evitar muchas otras cosas que podrían debilitarnos, y estar siempre prestos para el combate espiritual.
En lo que respecta a la impureza espiritual de las falsas doctrinas, debemos aferrarnos a la fe tal y como se la encomendaste a la Iglesia hace mucho tiempo. Muchas cosas han empezado a tambalearse y solo podremos rechazar las impurezas espirituales si nos anclamos firmemente en tu Palabra y en la doctrina inalterada de la Iglesia.
Sin duda es un combate, pero no lo libramos solos. Eres tú quien nos guía y nos levanta cuando sufrimos derrotas. Además, no solo luchamos para defendernos a nosotros mismos, sino también por todos nuestros hermanos que se han dejado arrastrar por la impureza. ¡Seamos luz para ellos!
