Amado Padre, ayer compartí con tus hijos el maravilloso regalo que nos otorgaste hace tres años, en el santísimo día de la muerte de tu Hijo, y que permanece con nosotros hasta el día de hoy. Contemplar el Rostro del Señor, que nos atrae con su mansedumbre, es siempre un gran consuelo. En una palabra interior, el Señor nos ha exhortado: «Desde la cruz de este mundo, que causa tanto sufrimiento, elevad conmigo la mirada al Padre».
Estas palabras nos dejan una importante enseñanza, ya que, al haber emprendido el seguimiento de tu Hijo, queremos asemejarnos lo más posible a Él. Todo lo que Jesús realizaba, lo hacía con la mirada puesta en ti. En su oración sacerdotal, le escuchamos decirte: «Yo te he glorificado en la tierra, habiendo terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera» (Jn 17, 4).
A nosotros, que seguimos a tu Hijo, nos corresponde ahora servir a esta obra, que debe darse a conocer en el mundo entero.
Vemos la perdición del mundo. Vemos cómo, con demasiada frecuencia, los hombres han olvidado tu amor, no te conocen, han caído en el error… A menudo, tampoco son capaces de comprender plenamente las consecuencias de vivir así y, por tanto, no se vuelven a ti.
Para nosotros es una cruz ver esta realidad, amado Padre. Al igual que tu Hijo, anhelamos que los hombres te escuchen y vivan como hijos tuyos, para que pueda llegar la verdadera paz.
Pero muchas veces no es así. ¿Qué nos queda por hacer? Anunciaremos tu nombre, oportuna o importunamente. No nos cansaremos de dar testimonio de cuánto nos amas, de que tu Hijo es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).
Junto con el Señor, elevaremos la mirada hacia ti desde la cruz de este mundo y te presentaremos todo su sufrimiento. La mirada fija en ti nos sostendrá, como sostuvo a Nuestro Señor.
NOTA: En el siguiente enlace, se puede encontrar algunas imágenes del Rostro de Cristo que se formó sobre el velo morado que cubre el Crucifijo en nuestra capilla: https://cloud.harpadei.com/s/RostrodeCristo
