“LA LUZ DEL MUNDO”

«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).

¿Acaso hay palabra más hermosa que ésta que Tú, amado Padre, nos concediste a través de tu Hijo? Todos anhelamos la luz. Incluso en el plano natural, la luz nos llena de alegría, ¡y cuánto más la sobrenatural, que todo lo esclarece!

¿Por qué tantas personas pasan de largo ante esta luz? ¿Acaso aman más las tinieblas que la luz, como atestigua la Sagrada Escritura?

«La luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3,19-21).

Sin duda es así, sencillamente porque Tú lo dijiste. Pero, amado Padre, los hombres no te conocen tal y como eres. Quizás están tan confundidos que ya no pueden distinguir el bien del mal. Hoy en día sucede así con frecuencia. Tal vez sus conciencias se han embotado y el príncipe de las tinieblas los ha cegado.

¡Pero debe haber alguna manera de hacerles despertar para que no sean arrojados a la oscuridad para siempre y tengan que sufrir el terrible destino de los demonios! ¡Deben convertirse y vivir!

Sabemos, amado Padre, que ese es también tu gran deseo. Ojalá un rayo de la luz de tu Hijo los alcance y toque sus corazones para que comience a derretirse la capa de hielo que los rodea y la luz pueda penetrar, ahuyentando la oscuridad. Al fin y al cabo, han sido creados para vivir y amar.

En la eternidad, amado Padre, todo estará bañado por tu luz. Ya no habrá sombras ni abismos del alma, sino que todo estará purificado y será más claro que un lago cristalino. Que todos lleguen allí, aunque antes tengan que atravesar una profunda purificación después de la muerte. ¡Pero que nadie se condene para siempre! Por favor, amado Señor, ¡son tus hijos!