«La humildad es la verdad; nos sitúa de nuevo en nuestra condición real, porque, en realidad, ¿qué somos ante Dios?» (Santa Francisca Saverio Cabrini).
La humildad es la verdad y, por tanto, nos despierta a una visión real de nuestra vida. ¡Qué absurda es la soberbia, que empaña nuestra mirada y, con el tiempo, nos ciega! Basta con pensar en el ángel caído, que se embriagó de su propia belleza y, en su delirio, se rebeló contra nuestro Padre Celestial.
En realidad, ¿qué somos ante Dios? En primer lugar, criaturas que nada podrían hacer por sí mismas. Esa es la simple y dichosa verdad que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. A estas criaturas, llamadas a la existencia por amor, nuestro Padre las ha dotado de tantos maravillosos dones y las ha elevado a la condición de hijos amados.
¿Por qué habríamos de olvidarnos de ello en lugar de preservarlo con amor en nuestra memoria? ¿No es extraño que nos jactemos de ser especialmente inteligentes, hermosos o talentosos y olvidemos de quién proceden todos estos dones? ¿No es insensato querer derivar nuestro valor de ellos? ¿No es vergonzoso presentarnos así ante los demás?
¡Qué sencilla y sincera es, en cambio, la humildad! Precisamente por eso es tan hermosa.
Nuestro Padre nos ha dado todo lo que tenemos y Él mismo nos hace capaces de realizar todo aquello que corresponde a sus maravillosos dones. Alabarle y darle gracias por ello es la dichosa normalidad de nuestra existencia. Nos abre los ojos para ver la gloria, la bondad y la infinitud de Dios. La soberbia, en cambio, los cierra y los centra únicamente en nuestra limitada existencia, esforzándonos por engrandecerla ante nosotros mismos y ante los demás.
Si vivimos conforme a la verdad de nuestra existencia, nuestra vida se impregnará de sinceridad y dará testimonio de Aquel que la creó, la redimió y la santificará.
