St 4,1-12
¿De dónde proceden las guerras y las peleas entre vosotros? ¿Acaso no provienen de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y tenéis envidia, y no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no obtenéis, porque pedís mal, para derrochar en vuestros placeres. ¡Almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: ‘Celosamente nos ama el Espíritu que habita en nosotros’? Pero mayor es la gracia que da; por eso dice: ‘Dios resiste a los soberbios’, ‘y a los humildes da la gracia’. Por eso, estad sujetos a Dios.
Resistid al diablo, y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, hombres vacilantes. Reconoced vuestra miseria, afligíos y llorad. Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos en presencia del Señor, y Él os ensalzará. No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o lo juzga, habla mal de la Ley y la juzga. Y si juzgas la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino juez. Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?
Una vez más, la carta del apóstol Santiago nos ofrece palabras con un significado trascendental.
¿De dónde proceden las guerras y las peleas? Hoy quisiera detenerme en estas palabras, porque sabemos bien cuán amenazado está el mundo por las guerras y cuán tensa es la situación global. Por desgracia, ni siquiera se puede descartar que vuelvan a producirse guerras de la magnitud de las del siglo pasado, con armas nucleares incluidas.
Por ello, este pasaje de la Epístola de Santiago no solo se dirige a la comunidad cristiana en cuestión, sino que nos ofrece pistas claras sobre el origen de las guerras en general. Así, también podemos encontrar pautas sobre cómo superarlas.
Habíamos concluido la meditación de ayer diciendo que «la sabiduría de Dios nos convertirá en personas capaces de promover la verdadera paz, aquella que viene de Dios y no es como la paz que da el mundo (cf. Jn 14,27). Esta paz brota del corazón de Dios, transforma el nuestro y también puede encender a otros».
En este contexto, conviene que usemos el término «verdadera paz», porque el mundo también conoce una especie de paz, pero ésta no llega a lo más profundo. La verdadera paz significa, en primer lugar, paz con Dios, paz con uno mismo y paz con los demás.
El Apóstol comienza haciendo referencia a las pasiones que no hemos dominado ni mucho menos superado en nuestro interior. En la meditación de ayer, señalamos la necesidad de que nuestro corazón sea purificado por el Señor. El pasaje de hoy nuevamente lo subraya: «Purificad vuestros corazones, hombres vacilantes».
Esta es una condición indispensable para alcanzar la verdadera paz. Si nuestros corazones no se someten a la purificación y damos rienda suelta a las pasiones, puede surgir de ellos lo que señala el apóstol Santiago: la ambición, la envidia, el homicidio…
Quien, en cambio, esté dispuesto a luchar sinceramente contra estas inclinaciones en su interior, ya está aportando una verdadera contribución a la paz. Esto se aplica especialmente cuando se realizan todos estos esfuerzos con la mirada puesta en Dios, en quien no hay oscuridad ni sombra alguna. En este caso, la persona actúa conforme al llamado de Dios, se somete a la obediencia del amor y ordena su vida interior según el sabio designio divino. En el corazón de esta persona, Dios puede empezar a reinar y, en Él, no hay guerra alguna. Cuanto más vivamos en armonía con Dios y sigamos sus instrucciones, más penetrará su paz en nuestro interior.
En estas circunstancias, nuestras peticiones serán escuchadas. De lo contrario, se cumple lo que advierte el Apóstol: «No tenéis porque no pedís. Pedís y no obtenéis, porque pedís mal, para derrochar en vuestros placeres».
Detengámonos un momento y tomemos conciencia de lo siguiente: la clave para alcanzar la verdadera paz en el mundo radica en Dios y en la relación de los hombres con Él. Si una persona lo encuentra y se esfuerza sinceramente por cumplir sus mandamientos, la paz de Dios encuentra cabida en ella y le permite llevar una vida pacífica. Esto no solo se aplica a los individuos, sino también a los pueblos y naciones, que de hecho se componen de personas. Si se esforzaran por conocer a Dios y servirle a Él y a los demás, reinaría la paz. Por parte de Dios, todas las condiciones están sentadas, pues envió a su propio Hijo para redimir a la humanidad y permitirnos vivir en perfecta comunión con el Padre Celestial.
Desde esta perspectiva, queda claro cuál es la misión de la Iglesia en pro de la paz: anunciar el Evangelio, pues las personas deben encontrarse con el amor de Dios y cambiar de vida para que la verdadera paz reine en ellas. Necesitan ser instruidas sobre cómo pueden vencer sus pasiones, sobre cuál es la verdadera fe, sobre cómo deben seguir a Cristo con la ayuda de Dios y sobre cómo hacer frente a los insidiosos ataques del diablo.
En pocas palabras, deben recibir el auténtico anuncio del Evangelio, tal y como Jesús lo encomendó a sus apóstoles, y escuchar todo lo que la sabiduría de Dios nos ha revelado.
______________________________________________________
Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/7785-2/
