«Sin amor interior, todas las obras externas son inútiles. En cambio, lo que se hace movido por el amor es grande y produce abundantes frutos, por muy insignificante y despreciable que pueda parecer a los ojos de los hombres. Porque, en la balanza de Dios, lo que te impulsa a actuar pesa mucho más que la acción en sí misma» (cf. Tomás de Kempis, La imitación de Cristo).
¡Esta es una frase esencial para la vida espiritual! Ciertamente, algunos hemos sentido el deseo de hacer grandes obras para el Señor y, tal vez, nos entristecemos cuando, a pesar de nuestros sinceros intentos, solo logramos realizar obras pequeñas o prácticamente ninguna, según nuestra perspectiva.
Por eso, conviene tener presente que nuestro Padre celestial ve y valora las cosas de manera distinta a como lo hacemos nosotros. Para Él, lo más importante es la actitud interior con la que realizamos nuestras obras. También aquí cabe hacer una distinción: lo que determina el valor de nuestras acciones no es la intensidad de nuestros sentimientos, por muy bonito que sea realizar buenas obras movidos por sentimientos que nos elevan. Lo decisivo es, más bien, nuestra intención: ¿por qué hacemos esto o aquello?
La intención más noble es agradar a Dios y servir a los hombres. Si nuestras obras están cada vez más movidas por esta intención, entonces se verán impregnadas de ese amor que produce abundante fruto, independientemente de si se obtienen éxitos visibles o de lo que piensen los demás.
En ese caso, llevamos la buena intención oculta en el rincón más profundo de nuestro corazón. Y, puesto que cada acto de amor hace crecer el amor, nuestras obras posteriores se volverán cada vez más puras y darán más fruto aún.
Algo que nos ayudará en nuestro camino espiritual en este sentido es volvernos cada vez más independientes del «qué dirán» los demás e incluso de nuestro propio juicio. En última instancia, lo que cuenta es el juicio de Dios.
