JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”

Amada Magdalena, con cuánta prisa te dirigiste muy de mañana al sepulcro del Señor para llorar por él, sin poder imaginar lo que allí encontrarías. Tu corazón estaba embargado por el dolor: ¡te habían arrebatado a tu amado Señor y lo habían matado con tal crueldad! ¿Quién podía consolarte?

Te quedaste junto a la tumba y diste rienda suelta a tus lágrimas. Al inclinarte hacia el sepulcro, viste a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús (Jn 20,12). Como relata el Evangelio, ellos te preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?» (v. 13).

Quedaste aún más sorprendida. ¿Dónde estaría tu Señor? ¿Y quiénes eran esos dos ángeles vestidos de blanco? ¿Sabrían ellos decirte dónde estaba el Señor? ¿Por qué ya no estaba allí, en el sitio donde lo habían colocado?

De repente, ves a alguien más allí. ¿Quién será? ¿El jardinero? ¿Podrá darte alguna pista sobre dónde está Jesús? ¿Se lo habrá llevado él? De nuevo, este hombre te pregunta por qué lloras (v. 15). ¿Por qué te lo preguntan? Todas las personas lloran por aquellos a quienes aman y que han partido de su lado.

Pero entonces le oyes pronunciar tu nombre y reconoces su voz: «¡María!». (v. 16). ¡Cuántas veces habías escuchado esa voz! ¡Cuántas veces había encendido tu corazón! Nadie podía pronunciar tu nombre como Él. ¡Cuán familiar te resultaba el amor del Maestro, que te conocía mejor que nadie, ante quien nada tenías que ocultar, que te comprendía aún más que tú misma! ¡Era Él!

Pero… ¿cómo era posible?

María Magdalena no lo pensó más. Su corazón se lanzó hacia Jesús: «¡Rabbuní, Maestro!» (v. 16). ¡No le cabía duda alguna! El amor había removido todos los velos. ¡Era el Señor! ¡Era Él!

Cómo hubiera querido abrazarlo en su alegría y decirle las mil palabras que le brotaban del corazón. Pero, en ese momento, el Señor no se lo permitió: «No me toques, porque todavía no he subido al Padre» (v. 17a). ¿Cómo podía entender tal afirmación? No hacía falta entenderla. Ya lo comprendería más tarde.

Entonces, Jesús la envió a sus discípulos para que diera testimonio de lo que Él había dicho de sí mismo: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (v. 17b).

Así, amada Magdalena, todo cambió para ti en esa sola mañana. Cuando te dirigiste al sepulcro, estabas desconsolada por la muerte de tu amado Maestro. Al volver, te habías convertido en mensajera de su Resurrección y anunciaste: «¡He visto al Señor!». (v. 18).

Él transformó tu tristeza en gozo, de modo que su promesa se cumplió literalmente en ti: «Ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22).

¿Qué podemos llevarnos para nuestro camino de tu decisivo encuentro con el Resucitado, amada mensajera del Señor?

También nuestra tristeza puede trocarse en alegría a través del encuentro con el Resucitado. Sabemos que la muerte no tiene la última palabra, sino la vida; no el dolor, sino la alegría, la alegría en ti, amado Señor, ahora y por toda la eternidad. Así, también nosotros nos convertiremos en mensajeros de tu Resurrección. ¡Aleluya!’

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/el-tiempo-de-la-consolacion-3/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/obstaculos-para-la-fe-2/

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