«Inclinad el oído y acudid a mí, oíd y vuestra vida prosperará» (Is 55,3).
Para recibir todo lo que nuestro Padre nos tiene preparado, tenemos que aprender a escuchar y, por tanto, centrar toda nuestra atención en Él. Inclinar el oído significa escuchar con el corazón, querer descubrir exactamente lo que el Dios vivo tiene que decirnos, investigar sus planes acercándonos a Él con total confianza y dispuestos a escuchar. De esta manera, prospera la verdadera vida, porque se produce un intercambio de amor. El que nos habla —nuestro Padre— es el amor mismo, y aquel que está llamado a escuchar —el hombre— fue creado por este amor.
El aliento de Dios nos insufla la vida; su santa palabra nos otorga luz y vida sobrenatural. Si inclinamos nuestro oído hacia Él sin reservas, lo cerramos simultáneamente a los «cantos de sirena» del mundo, a todo lo que no concuerda con el amor de nuestro Padre. Así, podemos asimilar cada vez más su amor y nuestra alma se alimenta. ¡Entonces vivimos de verdad!
El alimento de la Palabra de Dios se nos vuelve cada vez más sabroso; el oído escucha con creciente delicadeza la voz del Señor y aprende a distinguirla de otras voces; el corazón se vuelve cada vez más luminoso y se llena de gozo en Dios y en la verdad; el amor se vuelve más apremiante…
Solo tenemos que acudir a nuestro Padre y no olvidarnos nunca de tomarnos el tiempo para escucharle. Él quiere comunicársenos, quiere hablar a nuestro corazón y otorgarnos siempre su vida divina. Depende de nosotros hasta qué punto el agua viva de la gracia de Dios puede fluir en nosotros y, a través nuestro, hacia otras personas, para que también ellas inclinen el oído, acudan a Dios y su vida prospere.
