“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).
Cumplir la santa voluntad del Padre era el alimento de nuestro Señor Jesucristo (Jn 4,34). Con estas palabras, Jesús expresa la alegría y la naturalidad con la que cumplía la voluntad del que lo había enviado. ¡Esa era su vida!
Esto se aplica incluso a las horas oscuras de su agonía en Getsemaní, cuando su alma estaba «triste hasta la muerte» (Mt 26,38). Pero el Hijo de Dios nunca puso en duda el cumplimiento de la voluntad del Padre: “Que no sea como yo quiero, sino como quieres tú” (v. 39). Y más adelante le dice a Pedro: “¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?” (Jn 18,11).
También nosotros debemos aprender a aceptar la voluntad de Dios, aun en las horas oscuras de nuestra vida, en las que no somos capaces de reconocer inmediatamente la bondad y la sabiduría de sus designios, sino que simplemente debemos confiar en nuestro Padre con fe. ¡Este será un acto de gran amor!
Pero ¡cuántas veces podemos simplemente regocijarnos, dar gracias y alabar la Voluntad de nuestro Padre, como sucede en el cielo! ¡Con qué alegría cumplen los santos ángeles su voluntad: de buena gana, por completo e inmediatamente!
También para ellos es este alimento, porque el conocimiento y cumplimiento de la voluntad de Dios los ilumina y une a todos aquellos que ya lo contemplan cara a cara y lo aman sin reservas.
Aquí se halla la verdadera fraternidad, a la que llamamos Iglesia triunfante. En el cielo, ya no tiene mancha alguna y es perfecta. A ella nos unimos cuando cumplimos la voluntad de nuestro Padre en la tierra. Esto nos convierte en verdaderos hermanos de los ángeles y de los santos.
Por eso, cuando rezamos sinceramente para que se cumpla la Voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, nos nutrimos con el mismo alimento espiritual que nuestro Señor. Así, puede entrar en nuestro corazón y extenderse por toda la tierra aquella paz que solo Dios puede dar.