« La fe existe de verdad cuando uno habla a Dios de la misma manera que hablaría a un hombre» (Santo Cura de Ars).
La frase de hoy puede ayudarnos a incluir la relación con nuestro Padre celestial en la «normalidad» de nuestra vida. Sabemos bien lo que es hablar con una persona. Constituye una parte natural de nuestra vida, a menos que suframos barreras antinaturales. Ahora bien, es precisamente esta naturalidad la que hace que la fe sea viva. Dios es el interlocutor con quien hablo, el gran «Tú» con quien me comunico, aunque no pueda verlo. Pero la fe trasciende el velo que me impide verlo. Nuestro corazón lo sabe: «Tú estás ahí. Tú eres mi Padre. Tú me ves y me conoces. Todas mis sendas te son familiares y nada está escondido ante ti».
Esta naturalidad en el trato con nuestro Padre celestial impregnará todos los ámbitos de mi vida. Hablo con Él como con un bondadoso Padre, como con un amigo, como con un maestro espiritual que me enseña a recorrer el camino recto, como con un confidente ante quien puedo abrirme con confianza y revelarle todos mis secretos más íntimos, como con el Omnisciente ante quien están desvelados todos los misterios del Cielo y de la Tierra, como con aquel que me espera en la eternidad, aquel que conoce todas mis inquietudes incluso antes de que yo las haya pronunciado o de que se hayan formado en mi interior.
¡Qué gracia es poder tratar así con nuestro Padre, sabiendo que el diálogo con Él desembocará en la contemplación de su gloria!
No es difícil entablar una relación tan confiada con Dios, porque Él ya ha tomado la iniciativa y nos ha hablado. Solo tenemos que aprender a escuchar su voz y responderle. Entonces iniciará el «gran diálogo con Dios», como Santa Teresa de Ávila define la oración. Y también el santo Cura de Ars, de quien procede la frase de hoy, se alegrará con nosotros.
