Amado Padre, si el temor de Dios reinara en y entre los hombres, las cosas serían muy distintas en el mundo. Cada uno empezaría preguntándose si lo que dice o hace concuerda con lo que Tú quieres de él. ¡Solo eso ya sería maravilloso! Además, se cuidaría de hacer daño al prójimo, que, al igual que él, está llamado a vivir como hijo de Dios. Tendría siempre presentes todos tus mandamientos, así como las instrucciones que nos dejó el Señor y sus apóstoles y que la Iglesia, la «Maestra de los pueblos», ha custodiado y transmitido a lo largo de los siglos. En realidad, todo sería distinto y el Reino de Dios se extendería en la Tierra. Los poderosos y los gobernantes prestarían especial atención a tu Ley y buscarían siempre tu consejo y el de aquellos que te temen y te aman.
Podríamos seguir ampliando estas reflexiones y llegaríamos a la misma conclusión: vivir en el temor de Dios, que es el principio de la sabiduría (Prov. 1,7), sería una gran dicha para todos los hombres. ¡Ojalá llegaran a conocerlo y amarlo!
¡Y ese, amado Padre, sería apenas el «principio de la sabiduría»! Si los hombres continuaran por este camino, guiados por el Espíritu Santo, también se desplegarían en ellos sus otros dones hasta alcanzar el mayor de todos: la sabiduría. ¿No es precisamente eso lo que a menudo nos falta en el mundo: personas sabias, impregnadas de verdadera caridad, que ayuden a los demás a seguir el camino recto?
¡Ante ti, amado Padre, nos lamentamos de que no sea así! También para ti sería una gran alegría que los hombres te prestaran la atención que mereces. Pero tampoco debemos quedarnos en una mera lamentación. Lo único que podemos hacer, además de orar para que este don se derrame sobre todas las personas, es vivir nosotros mismos en el temor del Señor, día tras día. ¡Quizá resulte contagioso para otros!
