NOTA PRELIMINAR: Esta reflexión está relacionada con la meditación diaria de hoy (es.elijamisison.net) y probablemente solo se entienda en este contexto.
Amado Padre, ¡cuán conmovedora fue la súplica que te dirigió el rey Ezequías en su angustia, hablándote con tanta confianza y asegurando que siempre había intentado vivir según tu voluntad! Pero aún más conmovedora fue tu respuesta a su plegaria: le concediste quince años más de vida y, además, le prometiste que librarías la ciudad de los enemigos. ¡Así tratas a tus amigos, a los que te muestran fidelidad! Vivir en esta amistad contigo es la verdadera dicha, aunque a veces implica que compartas con nosotros parte de la carga que oscurece el mundo a causa de tantos pecados.
Y luego, amado Padre, te mostraste sorprendido en tu Hijo Jesucristo por la fe firme y ejemplar del centurión pagano en Cafarnaún. Amado Padre, ¿es posible que incluso podamos sorprenderte a ti, que todo lo sabes y conoces hasta los movimientos más sutiles de nuestro corazón? ¿Podemos realmente suscitar tu admiración con una respuesta de amor? ¡Nunca lo había pensado así, amado Padre!
En todo caso, la humildad y la fe del centurión nos desafían. ¡Ojalá pudieras encontrar en tus hijos una fe así, capaz de mover montañas, una fe que no se agota, sino que se renueva una y otra vez y trae luz a este mundo!
Al haber emprendido el camino de la Cuaresma, esperamos que en Pascua creamos más fuertemente, esperemos más firmemente y amemos más ardientemente. ¿Será que incluso podremos sorprenderte?
