“EL SEÑOR PERDONA GUSTOSAMENTE”

Amado Padre, gracias al perdón que ofreces a través de tu Hijo Jesucristo, ¡cómo alivias las cargas que pesan sobre las naciones o sobre los individuos, si tan solo acuden a ti!

¡Cuán pesadas son las cargas que a veces las personas llevan sobre sí, hasta el punto de que apenas pueden moverse libremente! ¡Cuán aplastantes son las culpas que no han sido perdonadas, cómo marcan el ser de la persona y la doblegan, queriendo incluso esclavizarla para siempre! Aunque no se dé cuenta o no quiera admitirlo, su vista está empañada y se esconde de ti, como nuestros primeros padres se ocultaron de tu mirada después de haber pecado (cf. Gn 3,8).

Pero Tú, en realidad, quieres liberarlos de esta carga insoportable y se lo pones fácil, pues sales a su encuentro con tu perdón. No quieres tenerles en cuenta sus pecados, sino echarlos a tus espaldas si tan solo se vuelven a ti: «Volverá a compadecerse de nosotros, destruirá nuestras culpas y arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados» (Mi 7,19).

A tu sierva santa Matilde de Magdeburgo le aseguraste: «Te digo que no hay pecador tan malo que, si se convierte de verdad, yo no le perdone en ese mismo instante todas sus culpas e incline mi corazón hacia él con tanta gracia y dulzura como si nunca hubiera fallado».

Y más adelante, la santa afirma: «Cuando Dios mira a un alma con ojos de misericordia y se inclina hacia ella para perdonarla, entonces todas sus transgresiones son arrojadas al olvido eterno».

Puesto que Tú eres así y nos lo pones tan fácil, también nosotros queremos ponérselo fácil a aquellos que nos han ofendido y no les echaremos en cara sus faltas. Mantengamos nuestro corazón abierto, incluso si nuestro ofensor aún no está preparado para pedir perdón. Oremos por él, y que nuestro corazón permanezca libre de resentimientos. Y, si no acude a nosotros para reconciliarse, te lo entregamos a ti, porque Tú eres el Juez justo y misericordioso.