Amado Padre, ¡cuánto tiempo llevas esperando la conversión de tu primogénito, Israel, tu «primer amor»! Con fidelidad inquebrantable, sigues llamándolo hasta el día de hoy para que reconozca y siga a tu Hijo. Aunque esto no ha sucedido aún, Tú no te cansarás de llamarlo hasta el fin de los tiempos, porque nunca traicionas tu amor.
Entretanto, realizaste tu obra con el remanente santo de Israel y enviaste a los apóstoles de tu Hijo hasta los confines de la Tierra para formar un pueblo procedente de todas las naciones y congregarlo en la Iglesia. Aquí estamos ahora, llamados a dar testimonio de tu amor a todas las naciones. Quizás podamos llegar incluso al pueblo de tu «primer amor», porque no hay mayor bien que podamos hacerles que darles a conocer a Aquel a quien Tú has enviado como su Salvador y el del mundo entero.
¿Qué sucedería entonces? El velo les sería quitado de los ojos (1 Cor 3,16), el profundo anhelo que desde hace siglos habita en el pueblo encontraría respuesta, sus profundas heridas se sanarían y se cumpliría lo que el Padre Celestial lleva tanto tiempo esperando. Por último, pero no menos importante, podría llegar la paz, esa verdadera paz que brota del corazón de Dios.
Ciertamente, no podríamos lograrlo con nuestras propias fuerzas, amado Padre. Pero podemos recordarte tus promesas, tal y como hizo Moisés para aplacar tu ira por el pueblo (Éx 32,11-13). Podemos recordarte que los judíos, aunque ahora habiten nuevamente en la tierra que diste a sus padres, no han encontrado realmente su hogar. Solo lo hallarán cuando tus santos designios se cumplan plenamente en ellos, cuando reconozcan a tu Hijo y entren así en la «Tierra prometida» (cf. Hb 11, 9).
«Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Jn 1,17-18).
