«Sé como un pozo que primero recoge en sí mismo el agua para luego derramarla en abundancia» (San Bernardo).
En la frase de hoy, san Bernardo enfatiza que hemos de recorrer nosotros mismos el camino de la santidad, que produce abundante fruto cuando la gracia de Dios puede actuar con fuerza en nosotros. Así lo afirmarán todos los maestros de la vida espiritual. De hecho, es totalmente lógico, pues «de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Lc 6,45).
A veces puede suceder que las personas religiosas sientan escrúpulos y se pregunten si será egoísta dedicar mucho tiempo a cultivar la relación con Dios. Sin duda, esto puede ocurrir cuando se descuidan los deberes de estado y se crea así cierta disarmonía. Sin embargo, en términos generales, nutrir la relación con Dios es expresión del mayor amor y reverencia hacia nuestro Padre. Es ahí donde despierta el amor en nuestro corazón. Si tenemos esto presente, cobra sentido la frase de hoy, porque de nuestro interior han de manar ríos de agua viva (cf. Jn 7,38), es decir, los torrentes de la gracia de Dios, que han de fluir hacia las otras personas a través de nuestra vida.
Si nos volvemos receptivos a la gracia de Dios, de modo que ésta pueda acceder constantemente a nosotros y encontrar respuesta, nos habremos convertido en un pozo al que nunca le faltará agua, porque el amor de nuestro Padre no tiene límites y siempre quiere donarse. El pozo siempre estará lleno mientras no tenga agujeros por los que se escape el agua. A esto debemos prestar mucha atención.
Agua cristalina, agua viva, agua salubre, agua purificadora…
Por la gracia de Dios, esa agua debe fluir hacia nosotros y hacia todos los hombres. ¡Qué hermosa tarea! Y cuantos más pozos haya, más agua derramarán.
