“EL PODER DE LA INTERCESIÓN”

¡Cuánto debió haber sufrido san Abraham de Edesa al enterarse de que su sobrina María, a quien él mismo había guiado hacia una vida de penitencia y profunda unión con Dios, se había dejado seducir y se había descarrilado del camino de la salvación! ¡Cuántas lágrimas habrá derramado, cuántos sacrificios habrá ofrecido hasta que finalmente pudo conducirla de vuelta al camino de la santidad! Oh, Señor, ¡cuántas lágrimas derramó también santa Mónica hasta que su hijo Agustín escuchara tu voz y se apartara de sus errores!

En estas lágrimas de amor y dolor te reconocemos a ti, amado Padre. En ellas se expresa tu tristeza y tu sufrimiento por cada uno de tus hijos que se desvían del camino y sucumben a diversas seducciones. Sin embargo, ¡las puertas del perdón están abiertas de par en par para ellos! Cualquiera puede volver a ti, incluso si, después de haber seguido tu camino, sufrió graves caídas. El ejemplo de santa María de Edesa da testimonio de ello: tras su conversión, llevó una vida ejemplar y te fue fiel hasta la muerte.

Pero la historia de Abraham y su sobrina María, así como la de santa Mónica y san Agustín, nos muestra algo más: hubo personas que oraron y, sin duda, también ofrecieron sacrificios para obtener esa conversión. Y, en este punto, nosotros, como discípulos del Señor, debemos activar todos nuestros sentidos. Tú, amado Padre, nos lo pones constantemente en el corazón: orar por aquellos que no se han abierto realmente a tu amor o que incluso se han cerrado a él. Además, nos instas a interceder por quienes aún viven en el error y, por tanto, aún no te conocen como eres en verdad, amado Padre.

San Abraham de Edesa recuperó el alma de su sobrina y santa Mónica pudo presenciar la conversión de su hijo antes de morir. Aunque nosotros no tengamos la dicha de presenciar la conversión de aquellos por quienes oramos, la intercesión es un servicio que no solo no debemos descuidar, sino que debemos practicar fervientemente y de manera regular.