EL PADRE DE LAS LUCES

 

“Toda buena dádiva y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de mudanza” (St 1,17).

¡Qué reconfortante es para nosotros, los hombres, saber que toda buena dádiva nos viene de nuestro Padre, el «Padre de las luces», y que nos tiene preparadas muchas más! Cuando oímos la expresión «Padre de las luces», pareciera que todo el cielo estrellado, que es tan distante, se acercara a nosotros y se uniera a nosotros en nuestra condición de criaturas, o, mejor dicho, nos permitiera descubrir en él al Padre Celestial.

También es reconfortante saber que en Dios no hay cambio, que Él es y seguirá siendo siempre el mismo Padre amoroso para nosotros, los hombres, que a menudo estamos inmersos en un mundo sujeto a tantos cambios.

También es reconfortante saber que en Dios no hay sombra alguna, sino que nuestro Padre es y seguirá siendo la verdadera luz que ilumina el mundo.

Por eso, es coherente edificar toda nuestra vida sobre este fundamento, pues no puede haber otro mejor.

En el Libro del Profeta Isaías el Señor dice: “Los cielos como humareda se disiparán, la tierra como un vestido se gastará y sus moradores como el mosquito morirán. Pero mi salvación por siempre será, y mi justicia se mantendrá intacta” (Is 51,6).

Nuestro Padre nos lo recuerda una y otra vez para que confiemos firmemente en Él, sin reservas y sin vacilar. Esto es lo que quiere que entendamos y lo que quiere que hagamos.

Así, nuestro Padre podrá consolidarnos en Él, para que los tiempos turbulentos no nos sacudan como una «caña agitada por el viento», sino que nos encuentren firmemente arraigados en el «Padre de las luces».