Amado Padre, siempre son muchas las intenciones que te presentamos. Sin embargo, esta vez se trata de una petición muy significativa y concreta.
En la meditación de hoy, hablábamos de que tu Hijo es Rey y de que su Reino debe extenderse a todos los hombres. Ciertamente, no se trata de un dominio que pueda imponerse con medios mundanos. Antes bien, es la soberanía del amor, el reinado del Mesías, el Salvador de todos los hombres. Cuando todos se someten de buen grado a su yugo y siguen a Jesús, surge la comunión contigo y la verdadera unidad entre los hombres.
Sin embargo, precisamente aquí, en Jerusalén, donde Tú, amado Jesús, estableciste tu reinado en virtud de tu amor expiatorio por la humanidad, se oyen a diario los alarmantes sonidos de las sirenas que anuncian ataques con misiles o drones, portadores de muerte y destrucción. Lo mismo sucede en otras partes del mundo donde reina la guerra.
Pero ¿por qué tiene que ser así?
Si todos los hombres —ya sea en Israel, Irán o cualquier otro lugar— te conocieran y, a través de ti, honraran y amaran al Padre celestial, la paz descendería como rocío reconfortante sobre las naciones. Estas se someterían gustosamente al reinado de Dios y se tratarían unas a otras como hermanos, respetándose y honrándose mutuamente.
Pero, amado Padre, esta unidad no se logra con medios humanos, por muy buena voluntad que se tenga. Tampoco será posible alcanzarla mediante una especie de «fraternidad interreligiosa», sin conversión y sin un verdadero encuentro con tu Hijo, pues Él es el único que puede darnos un corazón nuevo, capaz de amar como Él.
Ya conoces, amado Padre, la petición que hoy te presentaré especialmente: que el pueblo judío y los musulmanes experimenten un verdadero encuentro con tu Hijo, el Rey verdadero del cielo y de la tierra. Entonces vendrá la paz, y será una paz duradera.
